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Martes, 10 de Diciembre del 2019
Sábado, 16 Noviembre 2019

Todavía hay quien no entiende lo que es la democracia

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

El próximo año se cumplirán los 45 de la muerte del dictador Francisco Franco. También se celebrará el 43 aniversario de las primeras elecciones democráticas tras el final de la dictadura. Y nuestra constitución cumplirá 42.

Generaciones enteras han nacido y crecido desde que se reinstauró la democracia en nuestro país. Casi la mitad de los españoles ha venido al mundo en democracia, y más de la mitad no conoce por edad otro régimen político, ya que muchos ciudadanos apenas vivieron unos pocos años en el franquismo. Y del resto son mayoría los que en su momento votaron a favor del final de la dictadura y de la instauración del sistema democrático.

 

Dicho esto, uno pensaba que nuestra democracia estaba ya madura. Que el pueblo español había llegado a la mayoría de edad política, que sus dirigentes políticos y quienes crean y deshacen opinión habían interiorizado los principios fundamentales de la democracia. Pero veo con estupor que no, que nuestra sociedad no ha alcanzado el grado de pedigrí democrático que se suponía debía poseer.

 

Acabamos de pasar por las enésimas elecciones de este año. Innecesarias a todas luces, porque los resultados no han permitido un cambio o reforzamiento de mayorías que desbloquease la situación. No voy a abundar en los resultados, que todos conocemos. Pero sí en unas cuantas cuestiones.

 

La primera: que nadie olvide que los diputados y diputadas que van a conformar el parlamento han sido elegidos por quienes ostentan la soberanía nacional: los españoles. Independientemente del partido al que pertenezcan, representan a los ciudadanos de nuestro país que les han votado. Y les han votado porque sus argumentos les han convencido en mayor o menor medida, o porque su trayectoria y su actuación les conviene. O simplemente porque les ha dado la real gana. Y esos diputados y diputadas son la expresión del ejercicio de la soberanía, de la voluntad política del pueblo para elegir a sus representantes y gobernantes.

 

Y digo esto porque en los últimos días estoy oyendo y leyendo a algunos periodistas y líderes políticos decir y escribir cosas que dan vergüenza democrática. Como por ejemplo demonizar cualquier acuerdo político entre quienes han ganado las elecciones. O no aceptar que partidos extremistas hayan sido votados y conseguido resultados electorales destacables. O que quienes estén en contra del sistema democrático español o de la unidad nacional puedan tener su representación parlamentaria, precisamente porque muchos ciudadanos españoles (aunque ellos mismos no deseen serlo) la han elegido democráticamente.

 

Eso sí, estos periodistas y líderes políticos no tienen empacho en poner a caer de un burro a aquellos que consideran radicales pero que militan en el lado contrario al suyo del espectro político, mientras que ni se les ocurre decir nada de los que son próximos a ellos mismos. Niegan incluso a los demás el derecho a hacer ni más ni menos que lo que ellos mismos hacen. Se han olvidado de cuestiones tales como el respeto al adversario (que nunca enemigo) político, el respeto a la voluntad del pueblo soberano, el respeto en suma al espíritu y las reglas de la democracia.

 

Y esto es muy malo. Da miedo. Porque no sólo se trata de políticos o periodistas escasamente demócratas, sino que cada vez más gente normal y corriente insulta y despotrica en vez de debatir y opinar serenamente, y a demasiados y demasiadas de ellos les encantaría imponer sus criterios a los demás sin intentar siquiera convencerles a base de argumentos. Y ello es muy malo, porque puede ser el principio del fin de una democracia que tanto ha costado asentar.

 

¿Por qué ocurre esto? Quizá porque la democracia tradicional es a veces lenta en responder a las necesidades del pueblo. A veces puede no cumplir las expectativas creadas. En ocasiones es incluso utilizada y retorcida por políticos sin escrúpulos para lograr sus propios intereses. Y además porque la propia democracia permite criticarla e incluso atacarla utilizando derechos como la libertad de expresión o el propio derecho de sufragio. Lo que resulta curioso es que a pocos políticos y periodistas demagogos (más bien a ninguno) se les ocurre hacer un análisis realista de lo que ocurre, en especial de los problemas reales que aquejan a los ciudadanos. Lo único que hacen bien es soliviantar a dichos ciudadanos con soflamas y mentiras para desprestigiar al adversario, mintiendo siempre que sea necesario (y también cuando no lo es, que los vicios son difíciles de dejar). Y cuando la situación es inestable, cuando el miedo y la inseguridad se extienden entre la población, estos mensajes calan más y mejor y lo verdaderamente importante, la libertad, la democracia, la igualdad, los derechos, se olvidan. Ya se sabe: a río revuelto…

 

Un consejo a mis conciudadanos. Libertad, democracia, igualdad, derechos, son cosas que no debemos dar por sentadas. Y perderlas sería una auténtica tragedia, porque las dictaduras se sabe cuando empiezan, pero nunca cuando acaban. Lo único que es seguro en ellas es que muchísima gente sufrirá mientras duren y que mucha más echará de menos la libertad perdida.

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