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Domingo, 28 de Noviembre del 2021
Sábado, 02 Octubre 2021

Un poco de humildad no viene mal

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

El ser humano, en general, tiene muchas virtudes, al igual que muchos defectos. Entre las virtudes podemos destacar la capacidad de adaptación, el tesón, la solidaridad en muchas ocasiones con los propios humanos, el aplicar su inteligencia para solucionar y superar los problemas y un largo etcétera.

Lo que desde luego no es demasiado común entre los humanos es la humildad. El reconocimiento de que hay fuerzas que están más allá de nuestra capacidad de manipulación y de resistencia. De que somos aún pequeños para enfrentarnos a constantes naturales y universales de forma efectiva. Aunque en ocasiones nos vaya la vida en ello.

 

Y la vida se está encargando últimamente de recordarnos nuestra pequeñez, nuestra incapacidad ante fuerzas que nos superan, y por mucho, y contra las cuales poco podemos hacer. Y no muy lejos; aquí mismo, en nuestro país, estamos viviendo últimamente situaciones de este tipo.

 

Hace ya año y medio nuestra sociedad tranquila y más o menos satisfecha se daba de bruces con una horrible realidad: la de una enfermedad ciertamente peligrosa que nos hacía batirnos en retirada y aislarnos en nuestros hogares a la espera de una solución en forma de vacuna o cura. No es necesario que recordemos las terribles consecuencias de la pandemia, sobre todo porque todavía no la hemos vencido definitivamente. Y eso que la enfermedad, aunque peligrosa, no es comparable por su gravedad con otras pandemias que la especie humana ha tenido que sufrir en el pasado. Afortunadamente la ciencia y la perseverancia han conseguido frenar en esta ocasión su extensión y disminuir notablemente sus efectos, aunque a costa por el momento de más de cinco millones de muertos y de una economía mundial fuertemente afectada por la crisis. Y todo ello causado por un vulgar coronavirus de tan pequeño tamaño que la masa de todos los existentes ahora mismo en nuestro planeta apenas llenaría la mitad de una lata de refresco.

 

Es decir, las cosas infinitamente pequeñas pueden hacernos (y nos hacen) muchísimo daño, tanto como individuos como a nivel de especie. Pero también las infinitamente grandes se encargan de vez en cuando de ponernos en nuestro sitio. Y en nuestro país lo estamos constatando dramáticamente en este momento. La aparición de un nuevo volcán (aunque realmente no tan nuevo) en la isla canaria de La Palma nos está enfrentando a nuestra auténtica realidad. A pesar de nuestros avances científicos, a pesar de nuestra capacidad para transformar, e incluso destruir, la naturaleza, cuando esta muestra su ira poco podemos hacer. Los vanos intentos para salvaguardar la integridad de edificios y cultivos ante las coladas de lava surgidas del volcán son una demostración de hasta qué punto nos encontramos indefensos ante las fuerzas naturales desatadas. La lava, el magma, avanzan inexorables a través de explotaciones agrícolas, casas, carreteras y negocios, sin que nada ni nadie, salvo la gravedad o la propia viscosidad de la lava, puedan desviarla o detenerla. Asistimos inermes a las fuerzas ígneas desatadas, y solo nos queda evacuar a nuestros conciudadanos y salvar lo que se pueda salvar de las olas incandescentes que todo lo arrasan. Y darnos cuenta de nuestra fragilidad, de nuestra verdadera capacidad (o más bien incapacidad) para imponernos a una naturaleza que nos pone en nuestro sitio.

 

Y sin embargo… Sin embargo, hay motivos para la esperanza. Porque a pesar de todo, a pesar de que la naturaleza nos da lecciones de humildad que debemos aceptar y de las que deberíamos aprender, también hay que admitir que hemos avanzado. Hemos sido capaces, por ejemplo y como dije hace unas líneas, de frenar y acotar la pandemia de coronavirus, abriendo una ventana de esperanza para el futuro próximo. Hemos podido estudiar y prevenir la erupción volcánica en La Palma, permitiendo la evacuación temprana de la zona afectada y la preparación para salvar y alojar a miles de personas que de otra manera hubieran probablemente muerto. Y no solo en estas dos desgracias que ahora padecemos, sino en muchas otras ocasiones en las que, aunque sin forma de vencer a la naturaleza, sí hemos podido salvar un gran número de vidas. Aunque, también hay que decirlo, en otras muchas casi nada hemos podido hacer por los desgraciados que se encontraron cara a cara con la muerte en uno de estos sucesos y que no pudieron contarlo.

 

Los humanos somos todavía pequeñas motas de polvo en este universo en el que vivimos. La modestia, la humildad, deben guiar nuestros pasos. Pero la ciencia y ese espíritu de superación que nos caracterizan pueden llevarnos algún día a comprender primero y a dominar después ese universo, como ya hemos demostrado en buena medida en los doscientos mil años en los que los Homo sapiens hemos salido de la sabana africana hasta alcanzar el cielo y las estrellas. Siempre que no olvidemos nuestra fragilidad y respetemos lo que nos rodea, podremos algún día sustraernos a las desgracias y mirar nuestra propia existencia sin temor alguno al futuro.

 

Eso sí: seamos humildes. Porque cualquier otra actitud sería, sin duda, suicida.

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