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Domingo, 24 de Setiembre del 2017
Sábado, 02 Septiembre 2017

Una ministra fantástica

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Cuando la señora Báñez habla, no sé si tomarla en serio, cabrearme porque cree que soy tonto (y del resto de los españoles, también) o simplemente sorprenderme.

Lo que me es imposible, de cualquier modo, es quedarme impertérrito.

 

Y es que la señora Báñez tiene un don: una imaginación desbordante, más allá de cualquier concesión a la lógica o a la razón de las cosas, que guía sus declaraciones al vulgo y nos lleva a un mundo de colores, maravilloso y lleno de magia, que sólo tiene un pequeño fallo: que no existe.

 

Doña María Fátima Báñez García es ministra de Empleo y Seguridad Social desde 2011. Su currículum laboral es más bien pobre; de hecho, nunca ha trabajado para empresa alguna, dedicándose única y exclusivamente a la política. Lo cual no fue óbice para que Mariano Rajoy no dudase en llamarla para desempeñar las altas y complicadas responsabilidades que viene desarrollando desde su nombramiento, máxime teniendo en cuenta el periodo histórico con el que le ha tocada bregar: una profundísima crisis económica. No se escandalicen ustedes, queridos lectores y lectoras: ha habido tantos ministros que en su vida han tenido el más mínimo contacto con el área de su responsabilidad que constituyen casi la mayoría de los que en España han llevado cartera ministerial de aquí para allá.

 

Pero la señora Báñez es diferente. Porque desde el principio su actuación marcó el devenir del país, mientras que sus declaraciones constituían un contrapunto fantástico a la realidad de nuestra querida España. Lo primero que hizo Báñez al ocupar su despacho ministerial fue lo que se ha considerado desde siempre el mantra de los poderes económicos más oligárquicos y retrógrados y de organismos internacionales tan amantes del bienestar de los pueblos como el Fondo Monetario Internacional: completar la reforma laboral que en su día impulsó el presidente Zapatero y que fue unánimemente criticada en su momento, dándole una vuelta de tuerca (y revuelta y recontravuelta) que dejaría a la primera en paños menores, y que suponía prácticamente volver al siglo XIX por la pérdida generalizada de derechos para los trabajadores y el gigantesco empeoramiento de salarios y condiciones laborales. Esta reforma lo que ha permitido básicamente es romper los puestos de trabajo en pequeños minijobs cubiertos con sueldos de miseria y a un coste mucho menor que antes de la misma, fomentando además el empleo precario y mal pagado y facilitando el despido casi hasta el límite.

 

Pero no es esa la visión de nuestra ministra. Según Báñez, esta reforma debía conducir a todo lo contrario: a primar el empleo estable sobra cualquier otra forma de contrato laboral. Y para ello la ministra no dudó en encomendarse a la Virgen del Rocío, de la cual es muy devota y a quien pidió ayuda ante micrófonos y cámaras para el éxito de su reforma en particular y para recuperar el empleo en general. Éxito sí que ha tenido su reforma, pero en el sentido completamente contrario al que en teoría se pretendía. Hay más gente trabajando, sí, pero apenas hay más horas trabajadas desde que se inició la reforma. Los sueldos no es que hayan bajado, sino que se han derrumbado. De cada diez nuevos contratos sólo uno es indefinido, y más del cuarenta por ciento son por pocos días o incluso horas. Un trabajador o una trabajadora con esos empleos estables que se crean ahora no pueden dar de comer a su familia con el sueldo de miseria que reciben. Los jóvenes se ven imposibilitados para independizarse, dado los sueldos igualmente miserables que perciben, la precariedad de sus empleos y la tasa de paro que soportan.

 

En resumen, un desastre. Pues bien, la señora ministra, que da en ocasiones una de cal y otra de arena, reconoció hace pocas semanas que los sueldos eran excesivamente bajos y que debían subir, máxime cuando la situación es de bonanza macroeconómica y de beneficios sin cuento para la mayoría de las empresas. Y tiene razón la señora Báñez, dado que de seguir así la recuperación económica acabará más pronto que tarde por irse al garete cuando la demanda interna se derrumbe por falta de poder adquisitivo. Ni que decir tiene que los grandes empresarios saltaron enseguida de sus asientos para decirle a la ministra que no, que no se puede aumentar el salario del trabajador, que la situación es todavía difícil, etc.

 

Pero he aquí que la ministra Báñez se levanta a los pocos días en el país de las maravillas y, en pleno ataque de autocomplacencia, dice cosas como que "el empleo que llega es de más calidad que el que se fue", o que "estamos ante una recuperación española económica que es sólida, sana y social", o incluso que "España vive una primavera del empleo sin dejar a nadie atrás" o que "las pensiones son más y más altas que las anteriores".

 

Pues bien, señora ministra, los datos son muy otros: España es el segundo país con mayor tasa de temporalidad de la UE, los sueldos de los trabajadores siguen bajando (casi un 13% de los salarios son inferiores a los 707€ brutos mensuales), el 10% de los trabajadores en activo no pueden siquiera hacer frente a los gastos de alimentación, las pensiones han perdido un 3% de su poder adquisitivo desde 2016 gracias a la “desindexación” (recorte encubierto) introducida por usted misma, el paro de larga duración, un tercio del total, no baja, buena parte de la sociedad española (sobre todo niños, 34,4%, y mujeres) se encuentra en grave peligro de exclusión, el 13,1% de los trabajadores españoles está en riesgo de pobreza, España es el segundo país de la UE con mayor desigualdad, y al alza, el paro juvenil supera el 40%… Y estos datos son de entidades financieras y de la UE, poco sospechosas todas ellas de estar en contra del neoliberalismo o a favor de los trabajadores.

 

Para terminar, señora Báñez: esta mañana me desperté y vi el cielo luminoso. Una alegría y una paz interiores se adueñaron de mi corazón, y al salir a la calle vi duendes, obreros felices, unicornios, empleados bien pagados, hadas, jubilados sin problemas y un brillante arco iris a través del cual se observaba la primavera del empleo que no deja a nadie atrás. Y entonces comprendí, señora ministra, que estaba en su país de las maravillas y que es usted una ministra fantástica.

 

Lástima que después me despertase.

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