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Domingo, 28 de Noviembre del 2021
Sábado, 23 Octubre 2021

Valores despendolados

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Que la sociedad de hoy en día tiene muy poco que ver con la de hace treinta años lo sabe cualquiera que tenga más de esa edad. Y no digamos si hablamos de la sociedad de hace cuarenta, cincuenta o más años. Parecen estar en las antípodas, pertenecer incluso a civilizaciones distintas.

Una sociedad se define por el conjunto de valores, normas, costumbres y creencias que le son propias. La nuestra, naturalmente, también. Aunque, todo hay que decirlo y aunque les pese a algunos, hoy en día la diversidad es un valor en sí misma y es definitoria de nuestra realidad. La cuestión es qué podemos pensar de cómo somos nosotros. Y a veces las conclusiones son poco positivas.

 

No es que todo en nuestra sociedad sea malo. Ni muchísimo menos. Lo que sí es cierto es que hay algunos, llamémoslos así, valores, que son como mínimo poco edificantes. Cuando no simplemente rechazables.

 

Por ejemplo: el valor que le otorgamos a la cultura del esfuerzo, antaño tan importante, es hoy mínimo. Las nuevas hornadas de ciudadanos se han educado en un entorno en el que el sacrificio, el esfuerzo para conseguir algo, no tienen prácticamente ninguna consideración. Más bien suscitan rechazo. De hecho nuestra juventud se ha criado en un sistema en el que la motivación principal es conseguir el éxito de forma rápida y sin hacer nada; mejor dicho, sí hacen algunas cosas: lucir palmito en algún programa de telerrealidad en el que los protagonistas muestran un nivel cultural y vital digno de un niño de tres años y en el que las lágrimas y los sentimientos forzados, las infidelidades y los engaños, son la única moneda de cambio. O también podemos hablar del ecosistema electrónico, en el que influencers y otros seres de idéntico pelaje viven literalmente del cuento que le endosan a sus followers (seguidores), quienes están dispuestos a pagar para no tener personalidad propia, para basar sus vidas no en las propias decisiones, sino en lo que te aconseja/ordenan unos jovencitos/as que en la vida real no saben ni atarse una zapatilla, pero que son el ejemplo a seguir para cientos de miles e incluso de millones de personas que no tienen un gramo de iniciativa y están dispuestos a cometer estupideces sin cuento con tal de formar parte del rebaño social.

 

Por no hablar de la fauna de personajes del ¿corazón? que viven (y bien) de vender públicamente sus vidas y vergüenzas por dinero mientras intentan hacer ver que las mismas son interesantes y glamurosas; y cuando no lo son se inventan romances, traiciones y rupturas, venden la BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones) de sus familias, los embarazos de los que disfrutan mogollón (se ve que el resto de las mortales no saben lo que es parir) y van a los platos a descubrir a toda España todo eso y mucho más, cobrando por ello una cantidad variable (en función de lo famoso o famosillo que se sea) e intentando después que el respetable crea que su vida privada es sagrada y que están hartos de la persecución de la prensa amarilla chillona. A la cual, por cierto, han llamado precisamente ellos para hacer creer al público que sus andanzas suscitan interés.

 

Y luego está todo el elenco de periodistas (los menos) y comentaristas y colaboradores varios cuyo máximo mérito es ser primo de algún famoso o famosa de primera línea o haber participado alguna vez en un reality show; o méritos mucho menos confesables, pero públicos. Y en el colmo de los colmos, los programas en los que aparecen se dedican a inventarse conflictos entre ellos que casi siempre son más falsos que un duro de seis pesetas, pero que venden cantidad. Eso sí, deben tener siempre fuentes de información fiables en el “entorno” (como a ellos les gusta decir) de los famosos, y hacer públicas estas informaciones con la expresión “me consta”. Que si no, no son informaciones interesantes.

 

Pues bien, todos estos son los ejemplos que nuestra sociedad coloca como modelos a seguir, caracterizados en su inmensa mayoría por el nulo esfuerzo y trabajo previo que requieren. Tan solo haber sido amor pasajero de alguien, haber participado en un programa de telerealidad soltando unas lagrimitas, vestir de una manera llamativa y crear tendencia, criticar o ensalzar de forma pretendidamente informada a tal o cual famoso o famosa, y un largo etcétera de méritos que hace unas décadas se considerarían exactamente todo lo contrario.

 

No sé. Tal vez estoy mayor, tal vez soy un viejales cascarrabias. Puede que esté out, que no esté en la onda. Es posible que me educaran en la idea de que si trabajo y me esfuerzo puedo conseguir muchas cosas, que la satisfacción de haberlas conseguido está en función de lo que te has sacrificado para ello. Y desde el respeto más absoluto a los gustos de cada una y uno, debo confesar que no entiendo esta sociedad en la que los valores que aprendí de pequeño son ya fósiles desfasados en su funcionamiento.

 

En fin, de todo tiene que haber en la viña del señor.

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