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Sabado, 26 de Setiembre del 2020
Sábado, 28 Marzo 2020

¿Y después del coronavirus, qué?

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Decía mi madre cuando éramos pequeños: “no siento lo malo que estuvo el niño, sino lo malo que se quedó”. Algo que me temo va a ser aplicable a la desgraciada situación que sufrimos hoy.

A pesar de que algunos aprovechen para arrimar el ascua a su sardina política, nadie en su sano juicio puede negar la evidencia: el problema al que nos enfrentamos es global; que por eso se llama pandemia. Y si tenemos en cuenta que nuestro mundo esta globalizado, permítaseme la expresión, hasta las cejas, no se puede por menos que contener un involuntario escalofrío ante lo que está por venir.

 

Esta pandemia pasará. Nos costará sangre, sudor y lágrimas, lamentablemente muchas personas se quedarán por el camino, pero el Covid-19 se convertirá, casi con seguridad, en una más de las gripes que anualmente nos golpean al llegar el frío. Lo malo es que su extensión es mundial. Y lo peor es que la solución al problema hace imprescindible una paralización de movimientos, y por tanto económica, que apenas se recuerda por estos lares. La economía mundial está ahora mismo desinflada, en los huesos. La cuestión es si será capaz de recuperarse cuando la pandemia no suponga ya un problema. Y hay que tener en cuenta que la hipotética recuperación no puede basarse en las recetas tradicionales neoliberales ni en la ortodoxia económica vigente, porque lo único que conseguirían es agravar el problema (como de costumbre, vamos). Las soluciones, los impulsos a insuflar, deben ser novedosos, atrevidos, a la altura de las circunstancias excepcionales que nos toca vivir.

 

Lo primero: el daño social ya está hecho. Millones de personas en el mundo han perdido sus empleos y han visto sus ingresos reducidos. Muchos millones más seguirán el mismo camino conforme la pandemia se extienda por sus países. La pobreza se va a generalizar y con ella la falta de consumo y de estímulo a la producción de bienes y servicios. Los estados se van a encontrar ante una disyuntiva: seguir las manidas e inútiles recetas del neoliberalismo o intervenir decididamente y de forma coordinada en las economías para poder relanzarlas y sacar a estos millones de personas de la pobreza en la que les ha sumido la pandemia. Naturalmente esta intervención tiene su coste, que no es otro que el aumento espectacular, aunque limitado en el tiempo, del gasto de los estados.

 

La primera opción es, a mi modo de ver, inasumible. Y lo es ni más ni menos porque la cantidad de personas que van a quedar en situación límite supera con mucho a lo que hemos visto en la última crisis. Y esta dislocación social puede suponer un aumento exponencial de la conflictividad y de la reivindicación, que será cada vez más radical. Y todos sabemos lo que ocurre o lo que puede ocurrir en este sentido. Peor aún: en casos como nuestra Unión Europea la cerrazón de algunos dirigentes de los países más ricos y el sufrimiento social que puede causar dicha cerrazón produciría con total seguridad un rechazo creciente de los pueblos más afectados por esta enfermiza disciplina fiscal a una Unión que no sólo no solucionaría sus problemas, sino que incluso los agravaría. La cortedad de miras y el cortoplacismo de algunos países como Alemania u Holanda ponen en peligro la continuidad de la UE, pero también el propio bienestar en estos países, el cual se basa en gran medida en la venta de bienes y servicios al resto de miembros de la Unión. Y todos sabemos lo que puede ocurrir en Europa si volvemos a la disgregación y a la confrontación de antaño.

 

La segunda opción no es tan sencilla como parece. Se basa en premisas como la coordinación de los estados, siempre muy difícil de conseguir por la insolidaridad de muchos de ellos, o el endeudamiento de los países ante el gasto necesario para impulsar la economía y paliar el abismo social creado por la pandemia. Si no se hacen las cosas bien la solución puede traer consigo un futuro incierto. Pero en cualquier caso esta solución sería muchísimo más justa y eficaz que la primera.

 

Aunque hay una tercera vía, que están propugnando algunos economistas de reconocido prestigio: el recurso a la emisión, sin más, de dinero. El dinero es el aceite lubricante de la economía y de hecho cualquier actividad económica se basa en ganar el máximo posible. Pero si no hay dinero, la economía no funciona. Y eso es lo que va a pasar cuando la pandemia afloje, que muchos, muchísimos millones de personas, básicamente trabajadores por cuenta ajena, autónomos y pequeños empresarios, no van a tener dinero que gastar. Y hay que lograr que lo tengan. Se puede conseguir de la manera tradicional, echando mano de los recursos del estado, o de una forma completamente nueva, fabricándolo y repartiéndolo. Se suele decir que hacer esto provocaría una inflación desbocada, pero si tenemos en cuenta que no hacerlo coenllevaría una deflación sin control, es más que probable que ambas tendencias se neutralizaran en buena medida y se consiguiese de verdad reactivar la economía y paliar la desgracia social consecuencia de la pandemia.

 

De todos modos, y visto lo que he visto en otras crisis, me temo que volveremos a lo de siempre y que la respuesta de los estados y las organizaciones multinacionales va a ser la habitual. Sólo que esta vez las consecuencias serán, con toda seguridad, muchísimo más graves. Tan graves que no me atrevo siquiera a imaginarlas.

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