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Domingo, 28 de Noviembre del 2021
Sábado, 23 Octubre 2021

Aquellos ciezanos que también estuvieron en la Alhambra

Castillo de Cieza Castillo de Cieza

CLR/Joqui Quijada.

Hace unos días estuve visitando la ciudad de Granada, una ciudad con encanto y magia, un lugar para perderse en un pasado que pudiera parecer muy romántico, sultanes, harenes, mil y una noches… Pero no deberíamos olvidar la lucha entre religiones, los enfrentamientos por el poder y que, como en cualquier batalla, siempre hay vencedores y vencidos.

Domingo 6 de abril de 1477, las calles silenciosas y oscuras de Cieza no hacían presagiar los acontecimientos que horas después cambiarían para siempre el destino de los habitantes de nuestra villa.

 

Era Domingo de Resurrección y el recogimiento de los cristianos en un día tan señalado junto con la inexistente fortificación de la villa y la tregua entre el Rey de Granada y los Reyes Católicos fueron claves para facilitar la toma y devastación de Cieza por parte de las tropas nazaríes.

 

Antón daba vueltas en la cama, había pasado muy mala noche, su mujer Catalina le había contagiado esa sensación de desasosiego que durante semanas había padecido, incluso esa misma mañana le había dicho que algo no iba bien. Antón y Catalina se conocían desde niños por eso Antón sabía que sus presentimientos siempre se cumplían.

 

Aún no había amanecido cuando unos fuertes golpes hicieron que saltaran de la cama, ambos cruzaron sus miradas, sabían que algo horrible estaba a punto de suceder y que sus vidas cambiarían para siempre.

 

Abrieron la puerta y se encontraron con una de sus vecinas, tenía los ojos rojos y la piel pálida y solo acertó a decir:

 

–Los moros están aquí, tenemos que ir al cortijo-

 

Catalina cogió rápidamente a su hija María, quien dormía en su pequeña cuna, y pidió a su marido que avisara a sus padres para que se reunieran en el cortijo mientras ella y la niña se marchaban con la vecina para poder ponerse a salvo en el lugar más seguro de la villa. Todo fue muy rápido, en cuestión de minutos los gritos y lamentos envolvieron el aire irrespirable de la villa, un fuerte olor a quemado y a muerte provocaban las náuseas de Antón que corría para poder avisar a sus suegros. Antón llamó con insistencia pero sus suegros no daban señales de encontrarse en esos momentos dentro de la casa; volvió sobre sus pasos y la sensación de miedo se fue intensificando a cada paso que daba. De repente vio a alguien en el suelo, muy cerca de su casa, y un frío intenso paralizó sus pies. Sus ojos se clavaron en esa figura inerte que yacía en el suelo acompañada por un cuerpecito muy pequeño envuelto en una mantita que él mismo había tejido. En ese momento el mundo dejó de existir, ya no sentía miedo, ni angustia, no había humo, no habían gritos, ya no había nada porque algo en el fondo de su ser se había quebrado para siempre. Se agachó y cogió la mano de su mujer; en ese momento supo que nunca volvería a verla sonreír, con esa sonrisa sincera que tanto amaba, nunca volvería a escuchar su voz y a sentir su apoyo, el apoyo incondicional de su amante, su amiga, su compañera de vida. Su hijita tenía los ojos cerrados, parecía que dormía, ella era sin duda lo mejor que había hecho en la vida, en ella estaban lo mejor de él y lo mejor de Catalina. Muy cerca de la mano rechoncha de la niña se encontraba el pañuelo que su mujer con tanto empeño le había bordado con su nombre, MARÍA, lo cogió y se lo guardó en el bolsillo de su jubón. Mientras acariciaba el rostro de su hija, unas manos fuertes lo levantaron y lo empujaron hacía un grupo de paisanos que también habían sido apresados. Antón no luchó, era tan grande el vacío que sentía que no veía, ni oía. Apenas podía respirar, estaba como muerto en vida.

 

Durante varias semanas ese grupo de quinientas personas que habían sido hechas prisioneras en Cieza, hombres, mujeres y niños, caminaron descalzos por caminos inhóspitos. Algunos murieron de hambre, otros sin fuerzas tropezaban y caían por barrancos y zonas escarpadas, aunque la mayoría sobrevivió a aquella dolorosa travesía.

 

Antón andaba sin descanso, intentaba no pensar demasiado y sobre todo envidiaba a aquellos que caían por los barrancos. Nunca antes había salido de su villa, un lugar seguro hasta aquella aciaga noche, y echaba de menos a Catalina y a la niña. No sabía cuantas semanas llevaban andando, pero era como una tortura lenta que te mataba o te volvía loco. Cuando creía que ese tormento no tendría fin llegaron a su destino, Granada, una ciudad de luz con coquetos barrios y olor a flores. En lo alto de una de sus colinas se encontraba la Alhambra, lugar donde muchos de ellos pasarían muchos años de sus vidas.

 

Antón miró asombrado la enorme ciudad fortificada. Llamó su atención sus torres “rojas” y sin darse cuenta pensó en la torre de un castillo, en los muros derruidos de una ciudad que desde niño había conocido; el castillo de los moros, así llamaban los ciezanos a los restos de una pequeña fortaleza que había en su tierra, en su querida Cieza.

 

La Alhambra parecía un lugar de ensueño, pero para todos los habitantes de la villa se convirtió en una auténtica pesadilla, un infierno del cual no todos pudieron salir.

 

Una cuerda rodeaba la cintura de Antón, lo bajaban a una especie de silo o almacén que en otra época debió servir para conservar alimentos. Este silo o almacén convertido en mazmorra tenía forma de embudo. Mientras lo descolgaban, Antón intentó acostumbrarse a la penumbra del lugar. Se echó en una especie de cama individual con poyo de ladrillo como almohada. Eran bastante reducidas esas camas improvisadas para los cautivos y por eso tuvo que encoger un poco las piernas, mientras sacaba el pañuelo de su hija y como cada noche desde que lo apresaran durmió con él muy cerca de su pecho. Solo en ese momento podía encontrar un poco de paz.

 

Los días de Antón transcurrían entre la mazmorra que era lo más parecido a un refugio y el trabajo construyendo una nueva torre. Para él ese trabajo supuso una forma de mantener la cordura en un lugar como aquel. La vida para los cautivos era muy difícil aunque muchos de ellos, fervientes cristianos, se aferraron a su fe para poder aguantar aquellas difíciles condiciones de vida.

 

Aquella mañana de 1483 había amanecida cargada de nubes grises, provocando el desánimo y ahondando más en la tristeza y soledad de Antón. Estaban acarreando piedras para la torre cuando uno de sus compañeros le hizo una seña. Quería que le ayudara con una piedra más pesada, pero al acercarse se dio cuenta que su compañero sonreía, algo poco habitual en aquel lugar. Sin que le preguntara nada, Antón era hombre de pocas palabras, su compañero le contó que había apresado a un moro importante, Boabdil dicen que se llamaba, y que habían acordado un intercambio: según había oído liberarían a unos trescientos presos cristianos y él seguro sería uno de esos trescientos. Aquel compañero suyo no fue finalmente una de esas trescientas almas que pudieron salir de aquel infierno. Antón, en cambio, sí fue uno de esos presos que por la gracia de Dios, el destino o lo que es más probable la intervención de terceros ante los Reyes Católicos pudo regresar a su lugar de origen.

 

Antón contemplaba desde lejos aquella enorme montaña. Catalina siempre decía que de aquella añeja atalaya emanaba una energía especial, una energía que dotaba a los ciezanos de ese carácter peleón y valiente del que siempre habían hecho gala y especialmente en aquellas mazmorras ya muy lejanas, en aquel corral de los ciezanos donde habían sobrevivido en condiciones infrahumanas.

 

Antón caminaba despacio, sin prisa. Se encontraba muy cerca del río, de aquel río donde tantas veces se había bañado, ese río en el que tantos peces había pescado. Junto a ese río tres figuras parecían esperarle; a dos las reconoció desde lejos, eran sus suegros, aquellos que aquella noche no pudo encontrar. Una niña les acompañaba, tenía su misma sonrisa y esos ojos soñadores de su madre, Catalina, y fue ese abrazo de su hija lo que lo devolvió a la vida, lo que volvió a encender esa luz interior que alumbra nuestras vidas, y dejó así de ser esa sombra gris que arrastraba su tristeza y su agonía.

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