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Jueves, 30 de Junio del 2022
Tuesday, 30 March 2021

Aromas a semana santa ciezana

Antonio Lucas Carrasco cuida de la imagen del Cristo de la Agonía Antonio Lucas Carrasco cuida de la imagen del Cristo de la Agonía

CLR/Alejo Lucas.

Abro la puerta, traspaso el umbral y todo me es familiar, como si nada hubiera cambiado salvo por la imagen que me devuelve el espejo del pasillo, en la que veo a un señor de pelo gris en el que no me reconozco.

Una marcha de procesión suena en el aparato de música del salón. Ésta es la única banda sonora de la casa de mis padres en estos días y otros muchos más al cabo del año.

 

El primer olor que detecto es como el de pintura, de plástico nuevo, de colores satinados sobre las brillantes páginas de El Anda. La revista está abierta sobre un pequeño atril, y muestra alegres estampas de calles llenas de gente (¡ay!) siguiendo los pasos en La Cortesía de Domingo de Resurrección.

 

–¡Alejico!

 

Me giro como si me llamaran, pero no es a mí, ya no soy yo ese Alejico, es otro mucho más joven que, junto con su hermana, llena de ilusión a sus abuelos.

 

Aparto unas prendas del respaldo de un sillón y me siento. No me he dado cuenta, pero son las túnicas. Negras. De la Agonía. Mi padre ya las ha recogido. Mi madre ya las ha preparado. Me inclino para tocar su terciopelo. El suave roce desprende un sutil aroma a naftalina, a esmerado encierro de todo un año para ahora florecer como la rama joven de un melocotonero.

 

Mi madre avanza hacia nosotros con una bandeja y se desborda la alegría de los presentes. Para mí, secretamente, también. Ansiaba ese tesoro que viene envuelto en ruidoso papel. Cuando lo abre parece que el salón se ilumina con su aroma.

 

Vuelo. Viajo. Rememoro. Me traslado con los ojos cerrados.

 

Mi patria es mi infancia, aquella época en la que tenía que alzar la mano para coger la de mi padre. En ella, me suelo trastabillar al pisarme la túnica mientras persigo a mi padre camino de la Casa-Museo de los Santos… ¡Ah!, era cuando la mayoría la llamaban la cochera, y la dirigía con rectitud Miguel el Patillas y su ronca voz.

 

–¡Niño! Eso no se toca… se te puede caer y hacerte daño.

 

Me veo a mí mismo paseando por su vasto espacio lleno de tronos, mirando la tremenda agitación de personas y movimientos, empujando carros, colocando varas, adornando con flores, humedeciendo esponjas para insertar en ellas las ramas y plantas más grandes… un frenesí aparentemente caótico, pero en verdad muy compartimentado. Sobre todo se olía a flor, flor de todos los tipos, colores y tamaños, a la humedad de los cubos con agua, a frescor de los tallos que hacen horas aún estaban plantados en la tierra. Flor. F-L-O-R.

 

–¡A la de tres! Una, dos y ¡tres!

 

Media docena de personas colocan una figura en un trono. La han movido coordinadamente y con mimo. Y me recuerdan a la primera vez que ayudé a colocar a la Santísima Virgen de La Piedad en su anda.

 

Por aquel entonces ya era uno mozo tirando a carlanco (lo que se dice un estudiante de Secundaria). Con extremo cuidado sobre dónde pisábamos, los más ágiles trepamos al trono. Lo hacíamos para ayudar a pasar la gran pieza sacada de la gubia de José Capuz. Debía encajar en el punto exacto del trono para anclarla y que procesionase el Viernes Santo noche. Era toda una proeza para mí. Hace falta confiar en los que, sobre el trono y a pulso, reciben la gran figura triangular de la Piedad, la que más pesa de entre las nuestras, trasladada en el aire desde su lugar en la capilla hasta el trono.

 

Al acabar, noté algo… un olor dulzón en mis manos, un olor poderoso, agradable y elegante, casi sensual… era olor a madera, la de La Piedad, un perfume a madera como yo jamás creí que la madera pudiera oler. Una esencia que se te pegaba a la piel de las manos durante horas. Imaginaba a ese sutil pero fuerte aroma es a lo que olería el escultor y su taller: que ése era el perfume de la creación.

 

Muchos minutos después de abandonar la Iglesia de la Asunción, aún mis manos olían a madera.

 

–Acerca una silla para los críos –me dice mi padre en casa.

 

Todo está preparado en la mesa. Por cierto, que no hay que demorarse mucho, que enseguida hay que ir a ver la Virgen de Gracia y Esperanza a la que con tanto cariño llevan sus hijos, los Hijos de María. ¡Ah! ¡Qué bonito recuerdo! El de aquel atardecer en el que tuve el honor de acompañarla invitado por su Hermandad. Y luego, rápido, fui a cambiarme pronto para salir con su Hijo carnal en la Agonía y en el más absoluto Silencio.

 

Claro, en mi patria siempre es Jueves Santo. Es mi día preferido. Con todo iniciado, con todo por hacer, con todo disfrutándose. Es una jornada plena de actividad de trajines, de reflexión y oración, de labores y prisas ya desde bien pronto. La mañana concluye alrededor de una mesa, entre hermanos cofrades, presididos por el salado perfume de un capellán a la brasa desmigajado sobre un tomate partío (y olivicas del pueblo).

 

¡Un momento! Busco con la mirada algo en el salón de casa. Apoyado contra un retrato lo encuentro. El cirio de aquella salida de Jueves Santo. Bueno más bien el tocón que queda. Un cirio del que, durante horas, prendió la llama que derritió la cera, cera derretida que llenó el recorrido de la carrera, cera salpicada como lágrimas, cera que perfuma a grasos aceites las calles de la marcha.

 

El que sí soltaba humo y esencia era el incienso, que para eso está, incienso que huele a día grande, a liturgia grave y solemne.

 

Sonrío.

 

Sonrío al recordar cuando, siendo monaguillo de don Antonio Salas en San Juan Bosco, jugaba con el incensario. Para que el carbón ardiera bien, una vez prendido en uno de lados e introducido en el incensario, lo girábamos describiendo por completo una circunferencia a una velocidad casi sacrílega. Entonces el carbón se hace ascua encendida y la enterrábamos en el incienso guardado en la naveta. Y a bendecir, y a perfumar. Los oficios pascuales son cosa seria.

 

–Podéis empezar –anuncia mi madre.

 

Y cogemos, por fin, un trocito. Un trozo de torta de pan dormido. Es la merienda por antonomasia en estos días. Mis hijos lo festejan con hurras. Mis padres se solazan con su contemplación y mi hermana ríe con la estampa.

 

Pero yo olfateo la porción de torta, dulce, tierna, casi eucarística, hogareña, inmutable al paso del tiempo, un aroma que es un placer más de estas fechas, que es el socorrido bocado en estas jornadas de Pasión y de quehaceres, que llevamos en nuestros genes.

 

Inspiro su aroma, y su delicadeza me recuerda a la infancia, que es mi patria con sabor a torta de pan dormido.

 

Muerdo la torta.

 

Y despierto.

 

Despierto y me ubico. Es primavera, pero no hay procesiones. Me asomo a la ventana. Una mujer pasa con su hijo de la mano. Llevan palmas. Usan mascarillas. Me pregunto cómo se sobrevivirá y se recordarán estos años tan difíciles. Es casi imposible, por ejemplo, percibir así los aromas de Semana Santa. Rememoro aquellos versos que Borges pusiera en boca de Jesucristo:

 

A veces pienso con nostalgia

 

en el olor de esa carpintería.

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