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Fertilizantes

Me recuerdo desde bien pequeña con libros entre las manos. No siempre los traté bien, cuando con un poco de esfuerzo podía retirarlos de las estanterías mi madre tuvo que quitarlos todos de mi alcance. Me gustaba jugar a imaginarme que formaba parte de ellos y, en cierto modo, eso es algo que no ha cambiado. Visitaba la biblioteca municipal, cuando estaba en el centro cultural, con bastante frecuencia, incluso hice amigas allí. Las sillas y mesas de colores, la pared blanca en la que hacían las fotos para el carné, el mostrador a mano derecha, las altas y robustas estanterías y su silencio acogedor, los guardo entre mis más preciados recuerdos.

Ahora que vamos a dedicar una semana entera a celebrar el Día Internacional del Libro y de los Derechos de Autor esos recuerdos resuenan con más fuerza. No puedo dejar caer en el olvido a los edificios en los que descansan todos ellos, esperando que a nuestro paso emprender un nuevo camino. Desde que el 20 de octubre de 1963 se abrió por primera vez la biblioteca municipal, independientemente de dónde estuviese ubicada, ha actuado como un centro integrador, cultural y potenciador de conocimiento. Esas palabras oxidadas que forman “Érase una vez…” captan toda la atención de quién pisa la Esquina del Convento. Sus grandes letras, a modo de bienvenida, te invitan a descubrir su interior y no solo a conocer la historia que atesoran todos los libros que hay en ella, sino también la historia del propio edificio, del ex–Convento de San Joaquín, declarado Bien de Interés Cultural.

Los pilares que sustentan estas estructuras me hacen partícipe de un diálogo permanente. En ellos encuentro lo que James Salter dijo de que a veces se experimenta esa sensación de que la vida verdadera se vive en algún sitio pero no dónde estás tú. Acudo a los libros como refugio pero, a la vez, son mi fertilizante. Algunos han caído en mis manos por mera casualidad y han hecho estragos en mí. Otros los he buscado por mil bibliotecas y tras encontrarlos los he dejado a mitad. Otros muchos han sido los protagonistas de mis regalos de cumpleaños, porque quien bien me conoce sabe que “lo bueno es aquello que sin grandes destellos lo llena todo” (Carmen Laforet).  Y todos, incluidos aquellos que nunca voy a terminar, me han querido como quieren los gatos. Con cariño. Sin prisas. Sin exigencias ni obligaciones. La peor parte de mi adolescencia ellos me quisieron así y yo aún busco cómo devolverles tanto cariño. Me han acompañado en cada mudanza. En salas de esperas. En viajes. En noches en vela. Y, por supuesto, en cada verano.

Y sí, los libros que mi madre quitó de las estanterías ya han regresado a ellas desde la calma de saber que no correrá por mí la idea de despojarles un par de páginas. Ahora mi modo de devolverles ese amor felino es dedicarles tiempo, devolverles su lugar y multiplicar la familia.