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Comentarios

“Dame la colonia más barata que tengas. Es para mi marido”. Recién entrado el día y recorriendo el habitual camino que hago hasta llegar a mi trabajo lo escuché. Comentario difícil de olvidar, sobre todo porque iba dirigido al dependiente de una tienda de alimentación.  Intuyo que me perdí parte del contexto (eso tan importante para evitar malentendidos). Lo que no he perdido es la curiosidad por saber qué colonia usa ahora ese pobre hombre. Y no crean que yo estaba con las antenas configuradas para oír todo lo que chismorrean en la puerta de esta tienda local, son tantos los días que incluso ya nos sonreímos al pasar. Sin embargo y sin quererlo, aquel día llamaron mi atención.  Aquí ocurrió como cuando tienes a dos personas a tu alrededor que, repentinamente, bajan el volumen de su voz para decirse algo que tú no puedes escuchar, pero dónde el descaro es tan grande que consiguen todo lo contrario. Y, por qué no, digámoslo: quedan mal. 

La transparencia con la que aquella señora soltó ese comentario me dejó ver que no lo hizo con mala intención, ni con el propósito de hacer una gracia y, justo ahí, pensé la cantidad de grupos en los que se pueden clasificar los comentarios. Aunque en mi curriculum no conste hice un máster de atención en la tienda que tenía mi abuela. Allí, con el paso de la gente comprendí que la atención es el ingrediente que hace nítido lo traslúcido.

Los comentarios tienen la capacidad de ser timón y cambiar el rumbo de una relación. Hay comentarios muy meditados, como los de una primera cita o una entrevista de trabajo, pensados estratégicamente para romper el hielo. Hay comentarios involuntarios, esos en los que nada más abrir la boca te planteas el motivo por el que lo has hecho. También los hay en peligro de extinción, esos que se usan para pedir perdón o dar las gracias que, además de ser los más caros del mercado, son muy difíciles de ver. Y, por supuesto, hay una gran lista de comentarios prohibidos que se pueden asociar al físico y aquí permitidme ponerme seria porque considero que nadie tiene la potestad para opinar del aspecto físico de otra persona e inclusive éste puede afectar a la salud mental. Aunque para comentarios todos los que se están haciendo esta semana con la vuelta del rey emérito a España.

En fin, que seleccionar un comentario es tan difícil y agotador como intentar no contagiarte de un bostezo y por ello me declaro fan del lenguaje no verbal. Fan de la transparencia de una mirada sincera, de unos ojos y una boca bien abiertos expresando sorpresa, de un guiño de ojos, del comienzo de un puchero en el rostro de un niño,  de quién se relame los labios tras acabar su plato de comida favorita, de la expresión de aquel hombre al descubrir el olor de la colonia que le había comprado su mujer y de la sonrisa cómplice como unidad de medida de que una primera cita va bien. En definitiva, a veces no decir nada es el mejor comentario.