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El Viaje (más final aún) a Ninguna Parte. «Cati» (Catalina Castaño Bernal)…. y Bart

Ahora sí que me va a decir Carmen Carrillo Ortega, la conocida escultora y escritora ciezana, aunque algo lejos del mundanal ruido en su retiro voluntario del campo chaletero de Ascoy, el Beverly Hills ciezano rodeado de industriales polígonos, NEASA al fondo, si el asunto saliera al paso de la conversación, cuando haya una referencia a mis artículos, en plan socarrón, aquello que ya me espetó en una ocasión con toda su cara, que Carmen era – y supongo que sigue siendo- muy capaz de echarle mucha o bastante cara a casi todo…decía que me dijo Carmen como sin querer queriendo: ¿tus artículos?, querrás decir más bien “tu vida en fascículos”, porque lo cuentas todo, tío, que sólo falta que te tires unos pedos y lo hagas también “relato”, vamos que lo cuentes con todo lujo de detalles, ornato, oropel, perejil, aromas y fuegos de artificio, por crudo, duro y escatológico que el asunto pudiera resultar. Esa es tu materia prima…esa es mi materia, prima, que tú lo entiendes, ¿verdad?

Pues hoy la tengo, la materia prima, con una prima política, “Cati”, y nunca mejor dicho pues que en materia política suele ponerse beligerante de vez en cuando; que sé que me lee cada semana, (o eso creo, o algo así) y que, por contratiempos graves de salud, lo está pasando bastante mal de un tiempo a esta parte, y los suyos, que también son míos, con ella. Cati es la esposa de Bartolomé Moreno Carrillo, primo hermano mío y el segundo de los Bartolos que, por mor del imperio patriarcal del abuelo Bartolomé Carrillo Buitrago, él y su sillón, que tampoco había mucho más en aquel imperio aparte de aquel sillón que tenía en su casa del Paseo, tras la escalera de subida a la primera planta debajo de la cual nos refugiábamos de noche en tiempo de fuertes tormentas de verano o plagas de terremotos, que alguna que otra hubo; sí, su rutilante y bruñido sillón de enea ajedrezada, a cuadros blancos y negros. Impresionante y para mí icónico sillón del que no sé qué habrá sido, algún derrumbe se lo habrá llevado… El imperativo categórico no escrito vigente hace setenta años determinaba que todos los descendientes del patriarca, respetaran la adjudicación-imposición de su nombre a alguno de sus vástagos, norma que se aplicó a rajatabla en una casa de raigambre agrícola y tradicional, aunque sin dogmatismos, como era la nuestra. El caso es que una de las hijas del abuelo, la bondadosa, gentil y dulce Amparo, (sé que no todos la veían así, pero yo sí, y algún derecho tendré como escribidor) tuvo un hijo al que le adjudicaron también el nombrecito. Y la cuestión es que este Bartolo, motejado como “Bartolín” para diferenciarlo del tercer Bartolo de la familia, que era yo,  motejado como “Bartolete”, era sin lugar a dudas el más madrileño de sus hermanos, Juan y Lolita además de él, pero también era el que tenía una mayor querencia por Cieza, donde pasaba largas temporadas en verano, bañándose en el río, yendo al cine, su pasión de toda la vida, y comiendo pollo relleno por San Bartolomé en casa del primo Bartolete. Un deje amadrileñado y castizo que, por cierto, aún no ha perdido, un pelazo que sí perdió hace tiempo pero que entonces aún molaba, y un porte, un aire y un garbo llevando capa, que encandilaban (parece que lo estoy viendo entrar arrasando en el Paseo una noche de feria), le hicieron tener éxito cuando fijó sus afanes sentimentales en una de las “perías”, Cati (Catalina Castaño Bernal) una de las cuatro hijas del “Perío”, que regentaba un bar justo donde empezaba a acabarse la Gran Vía. Rubia a lo Jayne Mansfield y mujer de rompe y rasga y tronío, de “aquí mando yo porque aquí mandan mis ovarios”… Total, que se hicieron novios, el noviazgo acabó en boda, y la boda los multiplicó a ellos, con dos espléndidos muchachotes, Pedro José y David. La televisión y el cine le ofrecieron al matrimonio oportunidades profesionales que supieron aprovechar bastante bien y el patrimonio familiar se incrementó – sin ser los marqueses de Galapagar– con residencias en la sierra de Madrid y la costa alicantina, que se sumaron al pisito familiar de toda la vida al final del Paseo de las Delicias de Madrid, ese magnífico bulevar madrileño con sempiterno aroma a sabroso bocadillo de calamares, en la glorieta de la Beata María Ana de Jesús, 3, 1º B, en cuya cocina la añorada chacha Amparo nos preparaba a mi hermano Antoñico y a mí comida para un regimiento cada vez que recalábamos allí cuando tenían que llevarme a los internados de Ávila o de  León.

Y es que esta pareja única de dos en uno que son Bartolo y Cati, Cati y Bartolo, tienen, junto a otras, la gracia, regalada por sus genes, de la capacidad de comunicación, la fuerza de convicción, la jugosa expresividad, la generosidad, la cordialidad, la simpatía y la alegría de vivir, que -particularmente a Cati porque Bartolín es un pelín más melancólico, melodramático, peliculero y de lágrima fácil- le rezuma por todos los poros de su cuerpo. Y que, si te ve triste, ella, Cati, a golpe de desgarramiento expresivo, te quita la tontería para devolverte rápidamente al mundo del ¡muchacho, muchacha!, ¡que viva la vida!

Aunque Bartolín venía de los madriles, y Cati de la tierra del esparto y los “malacatones”, estas son historias de pueblo sencillo, hechas de amor y dolor. Quise empezar hablando de una y he acabado hablando de dos, porque Cati, y Bartolín, son dos, pero son una pareja de película. y en general los suyos, los más cercanos, están pasando un mal momento…No…no estáis solos. No.