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Cieza, hoy. Decir adiós como Piqué

Hace unas semanas Piqué se despedía como futbolista profesional. Hasta ahí todo normal, porque, al final, todo se inicia y todo termina, pero, sí que quiero traeros una frase que me parece maravillosa: ‘’A veces querer, es dejarlo marchar’’ ¿Cuántas veces no nos vamos de algún lado porque lo amamos? ¿Cuántas veces hacemos trizas el corazón, nos callamos y seguimos adelante porque nos ha robado el corazón el lugar en el que estamos? ¿Cuántas?

Piqué se fue, el Barcelona sigue entrenando, en Qatar se juega el Mundial y en Ucrania siguen muriendo inocentes. Que se fuera Piqué no ha supuesto nada para el mundo, todo sigue igual. Esto ya lo pintó Valdés Leal en el S. XVII y Jorge Manrique lo escribió en el S. XV. El mundo no se acaba en nosotros. Nosotros no somos nadie ni haremos nada transcendental en nuestro entorno próximo, salvo que seamos la reencarnación de Einstein, Da Vinci o Picasso que, realmente, tengo serias dudas de que esto suceda con alguno de mis paisanos, no porque sean tontos, sino porque genios, como aquellos, ya no hay.

Piqué fue valiente. Piqué supo ver que ya no pintaba nada en el Barcelona. Supo ver que era solo una nómina que pagar y un jugador que respetar por lo que fue. No hay más. Fue valiente porque supo irse en un momento determinado, llegar hasta ese partido y, ante su afición, llorar para cerrar la puerta que nunca más volverá a abrir. En nuestra sociedad hacen falta más Piqué, y lo digo yo que de culé tengo lo mismo que Cieza de valenciana, 0. En nuestra sociedad hace falta más gente que, cuando ya no tiene nada que aportar, cuando ya lo ha dado todo y su presencia, lo único que hace es estorbar, sepa decir: ‘’hasta aquí hemos llegado. Te quiero, pero me marcho por tu bien y para no entorpecer’’ ¿Somos capaces de hacerlo? ¿Seriamos capaces de irnos, callar y respetar a quien ha llegado para sustituirnos? Es difícil ¿verdad? Nuestro ego nos imposibilita el cerrar la puerta y no volver a abrirla. No les voy a engañar, yo he pensado muchas veces que era, y quizás es, el momento de cerrar puertas para no dañarme ni dañar. Muchas veces he pensado que mi camino tenía que acabarse y, aunque me han tachado de loco,  me he hecho a la idea de que no estaré en ningún lado para perpetuarme. Ocho años y a casa. En ocho años, creo, una persona puede alcanzar todos sus sueños, cumplir sus objetivos e irse por la puerta grande, que por la puerta pequeña se ha ido mucha gente ya. Yo me quiero ir como Piqué, ser valiente y no un cobarde que se contente con el mero hecho de estar.

Yo quiero más Piqués en mi vida, quiero valientes que sepan cuando salir, cuando cerrar la puerta, dar las gracias, echar cuatro lágrimas y no volver a dar el follón más. Yo lloré el pasado Domingo de Ramos, y no poco, pero sabía que era el momento de irme y que tenía que hacerlo. Yo fui Piqué, pero lo fui porque en mi vida siempre he tenido claro que perpetuarse en algo es una inutilidad supina. ¿Por qué estar por estar? ¿Pierdo algo si me voy a casa? ¿Me tengo que enfadar con la gente que se queda? Creo, firmemente además, que necesitamos de valientes que sepan cuando es el momento de hacer la maleta, mirar atrás por última vez y salir. Salir para crecer y para permitir crecer a los demás, porque, aunque no somos conscientes, a veces entorpecemos el camino de los que vienen por detrás, seguramente, mucho más preparados que nosotros, más ilusionados y más emocionados por el simple hecho de pertenecer.

‘’A veces querer, es dejarlo marchar’’ recuerda esta frase, recuerda a Piqué y nunca te olvides de que tú, como el resto, eres uno más, un ser insignificante para la sociedad y un ser que hoy estará, pero, mañana, quien sabe si no abonarás la tierra. Vete, el mundo puede seguir rotando sin ti. Sé valiente. Te lo agradecerán.

Os espero en quince días. Mientras sigo observando la vida.