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Habrá pan

Aunque ya lo hacía antes del confinamiento, como muchos otros terminé de aficionarme a hacer pan en aquellas terroríficas semanas en las que, los que tuvimos más suerte, permanecimos encerrados en casa.

Desde entonces, he ido conociendo procesos, modos de elaboración, tipos de harinas, procesos de fermentación, cuidados de masas madre… Todo para lograr hogazas cada vez con más sabor, que envejecen lentamente mientras siguen adquiriendo aromas.

Adoro cocinar y, sí, coincido con aquellos que consideran que este es un gesto de cuidado hacia los otros. Pero de todos los procesos que ocurren en la cocina, quizá el de hacer pan sea el que más recoge todas las actitudes del amor.

Controlar la temperatura como cuando hay que desnudar a un hijo antes del baño; darle su tiempo, para que se exprese como realmente es; manejar la masa con cuidado, para evitar que su fina costra se rompa y escapen todos los gases que efectuarán el misterio de la miga… Todo ello para llevarlo a la mesa y ver cómo las personas para quienes llevas unos días amasando, boleando y horneando disfruten.

Hacer pan es conectar con aquellos y aquellas que durante miles de años han elaborado el alimento más pobre, pero más imprescindible; tener en las manos, de algún modo, la esencia de lo que somos, un futuro de harina, agua, sal, calor y tiempo que hay cuidar como si no hubiera otro tesoro.

Cuando amaso, me acuerdo de algunos versos de ‘Ceres’, un poema de Ben Clark en el que habla del pan y a la vez de tantas cosas (en realidad, de tantas cosas). Con él, con todos aquellos a los que quiero, celebro cada embiste que doy a la mezcla, cada pliegue que será, pronto, una entrega sincera y silente:

Admiro a los amigos que hacen pan

y los cuido y protejo con conjuros

inventados, escribo

poemas en su honor y, si se mudan,

vendo mi biblioteca y doblo mal

la ropa y la introduzco

en bolsas de basura y voy con ellos,

a su barrio, a su calle,

a su mismo edificio si es posible,

y así me dan el pan, el pan que han hecho

esta mañana, anoche, ayer, no importa,

tierno siempre, caliente aunque esté frío.

El pan. Y mis amigos me comprenden

y no se espantan, saben que no sé,

que no puedo, que nada

me gustaría más que no tener

que molestarlos siempre con el mismo

cuento; el pan, vuestro pan, me da la vida,

hace que me arrepienta y que me alegre

a la vez del tratado que firmamos

mucho antes de nacer: habrá personas

fecundas que harán pan, que enseñarán

a sus hijos el truco y que no tienen

a cambio que hacer nada.

Y habrá personas huecas como yo,

hijos sin hijos, nombres moribundos,

que a cambio de una pizca de ese amor

tendrán que proteger a los que saben,

cuidarlos siempre, amar a los que saben

y no pedirles nunca lo que es suyo

y agradecer las migas cuando falte

el pan, y ser amigo cuando no

haya nada de nada y sólo queden

palabras sobre el pan, y si eso ocurre

ser abrazo de roca y ser su barca,

porque esa es su tarea, la tarea

de un hombre que no puede y que no sabe,

pero que ama y comprende los milagros.