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El juez

En muchas ocasiones, nos permitimos el lujo de llevar a juicio cuestiones que no nos pertenecen por el mero hecho de creer que somos seres competentes para ello, tenemos un techo bajo el que refugiarnos en los días de lluvia y un plato de sopa calentita que llevarnos a la boca cuando hace frío. ¿Qué ocurriría si nos encontrásemos ante la otra cara de la moneda? Imaginad que de tenerlo todo, de repente, por un divorcio o una mala decisión en un negocio os veis en la obligación de transitar por las calles del lugar en el que un día fuisteis muy felices, os vais encontrando con personas con las que usualmente os podíais permitir el lujo de desayunar todas las mañanas. Vuestra ropa se va deteriorando y tenéis que descuidar la higiene personal porque ante el infierno que estáis sufriendo nadie os tiende la mano.

Hace unos meses sentí la necesidad de desprenderme de un prejuicio que por culpa de la sociedad había formado parte de mí muchos años y es que, hasta que no nos enfrentamos a él no somos conscientes de que existe. No fue hasta que realicé voluntariado por primera vez que no me di cuenta de la cantidad de veces en las que había actuado de juez y verdugo.

Basando mis argumentos en la ignorancia ante uno de los colectivos más vulnerables de nuestra sociedad, las personas sin hogar, pues eso es lo que son, mendigo o vagabundo son dos términos humillantes para aquellas personas que de forma desafortunada han tenido que, obligatoriamente, olvidar lo que es la suerte y empezar a confiar mínimamente en la bondad del ser humano.  Claro está que hay personas que no luchan por salir del pozo, pero, es mayor el número de ellas que lo único que hacen día tras día es, de una forma u otra buscar la luz al final del túnel.

Pensemos en dejar atrás los juicios alimentados por la rabia o el odio, nunca sabremos si alguno de nosotros, que ahora lo tenemos todo, en alguna etapa de nuestro ciclo vital tendremos que vernos en la necesidad de salir a la calle en busca de un trozo de pan que llevarnos a la boca.