Ana Iris Simón se alzó, hace no mucho, como la voz de una generación joven que ha visto como diversos acontecimientos y movimientos sociales los han arrasado. Acabando, en algunos casos, con esas fantasías de vida próspera que de pequeños les contaban. ‘’ Nos lo llevan diciendo diez años y nos negamos a creerlo. Somos la primera generación que vive peor que sus padres, somos los que se comieron 2008 saliendo o entrando a la universidad o al grado o al instituto’’ esto escribió en ‘’Feria’’, su ópera prima, y, perfectamente, podría estar hablando de nuestra entrevistada de este mes. La crisis financiera la llevó a otras fronteras, otras costas y otras calles, pero siempre recordando sus orígenes y de donde viene.
Hoy hablamos con Nuria López Bernal. Ciezana, poeta y educadora social que vive en Toulouse y que escribe poesía para recordar y soltar las raíces que la atan a sus orígenes. ‘’Hasta que seas azul’’ es su último libro de poesía.
¿Qué niña fuiste?
Sigo siendo una niña. Cuando somos niños nos beneficiamos del privilegio de descubrirlo todo por primera vez. Soy muy sensible a la belleza y me fascino una y otra vez con pequeñas cosas que hayan conseguido conmoverme, tengo esa suerte. Vivo la creación como un juego, en ese sentido también sigo siendo una niña.
Cuándo empezaste a escribir ¿Qué te motivó a hacerlo?
Me gusta decir que escribo desde que siento. Quizás empecé a escribir para poder contar lo que sentía y no sabía dónde expresar.
Desde hace 7 años resides en Toulouse ¿Cuánto echas menos a Cieza y su Atalaya?
Con el tiempo he descubierto que las raíces aprietan de verdad y que puede que sea irremediable. Echo de menos los sabores, los olores, los colores, los sonidos… Pero lo que sobre todo se echa de menos son las personas que te vieron y acompañaron a crecer.
¿Por qué te fuiste?
Primero, para buscar nuevas oportunidades. Después, una cosa lleva a otra y… Vuestra pregunta me hace pensar en algo que a menudo escucho en mi contexto y que cuestiono: el término “vivir fuera”. ¿Fuera de dónde? En uno de los poemas del libro, “Vuela”, hablo un poco de todo esto. Uno nunca se va de los lugares que forman parte de sí mismo.
Durante tu etapa formativa estudiaste bachiller en el IES Los Albares ¿Qué suponen para la Nuria del presente figuras como las de Tino Mulas o Ana Valencia?
Me gusta la coincidencia de que los dos fueron mis profesores de Historia y que, en realidad, a mí la Historia nunca me haya interesado tanto. Ambos son dos figuras fundamentales para mí. Tino y su familia representan mi niñez, un azul de infancia, un “desde toda la vida”. Y a Ana la considero -si ella me permite usar este término- mi mentora. Nos acompañamos en el camino, es como una fuente de sabiduría a la que acercarse a escuchar en silencio, y con quien conversar de todo. Con Ana compartimos una correspondencia. Y fue la primera persona que me hizo tomar conciencia de mi capacidad para escribir. Lo recuerdo con mucho cariño. A Tino me hubiera gustado poder mostrarle mi manejo hoy del francés.
¿Cuánto hay de tu entorno en tu escritura? ¿Se percibe Francia en tu obra?
No lo creo, he vivido en tres países diferentes y en Toulouse, una ciudad particularmente bañada en la cultura hispanohablante y ligada estrechamente a la historia de España, encuentro ese puente entre dos culturas. Pero no estoy segura de que algo de esto se pueda percibir en mi escritura, lo que sí que creo que inevitablemente está presente es la influencia de mi experiencia de migración y haber conocido a mucha gente muy distinta, el peso de las distancias, la nostalgia inherente, la capacidad de adaptación, la apertura de mirada, la importancia de los vínculos, de construirse lugares refugio… Formo parte de un grupo de jóvenes cuya búsqueda de oportunidades en otro lugar se aceleró con la crisis económica. Mi poesía está influenciada, claro, por la perspectiva adquirida al vivir en un país que no es el mío, los desafíos en el día a día y las emociones que ello conlleva. Creo que es interesante descubrir estas voces de autores jóvenes que vamos a explorar temas universales como el amor, la soledad, la búsqueda de sentido, la identidad, la esperanza y la frustración, la nostalgia, y cuya experiencia personal contribuye a modelar nuestra escritura de una manera distinta.
¿Le escribes al recuerdo?
Escribo para recordar. A la vez que respondo esto pienso en re-cordis, del latín, volver a pasar por el corazón. Escribo porque me ayuda a veces a saborear, a veces a digerir; a ordenarlo, comprenderlo y guardarlo.
“Hasta que seas azul” es tu primer poemario, ¿Qué representa para ti?
Hasta que seas azul es para mí como un punto de partida, un libro que me era necesario, un lugar donde guardar un color y proponer un hábitat que encontraréis seguramente en los proyectos que vendrán. Es una declaración de intenciones, la carta de presentación de una sensibilidad y un trabajo alrededor de la oralidad y el diálogo, que es algo que me interesa mucho seguir explorando. Hasta que seas azul representa una utopía, una búsqueda, una manera de mirar lo que nos sucede. Es un poemario que no termina cuando lo cierras. En él, recreo una sensibilidad en la que nos permitimos dejarnos espacio para sentir, agrandar las emociones: decirlas, hablarlas, contárnoslas. Aquí es donde vuelve la idea de oralidad y conversación. Lo que más me interesa, y esto marca todo mi trabajo, es la idea de crear, generar y de cuidar los vínculos. Te decía antes que escribo desde que siento. En Hasta que seas azul es casi un decir para terminar de sentir.
¿La poesía es hija de la inspiración o del trabajo?
No lo sé, la poesía en realidad está todo el tiempo ahí. Luego es necesario revelarla y -diría- usarla, trabajarla, cuidarla.
¿Hay relación entre tu poesía y tu trabajo?
De la manera en la que entiendo la poesía y como la enfoco, tal vez sí. Pienso en una cita que me acompaña desde el inicio de mi formación en educación social y que es parte del lugar desde el que escribo (y parte del azul, claro), y que dice algo así como “cuando alguien toca tu vida es un privilegio, cuando tocas la vida de alguien es un honor; pero llevar a alguien a tocar su propia vida… eso es un placer indescriptible”. Entonces en ese sentido podríamos encontrar un pequeño punto en común entre mi trabajo social y mi intención poética.
¿Qué recibes de la poesía que no te dan otros géneros literarios?
Es algo muy subjetivo, pero la poesía, al proponer otro tipo de lenguaje, nos induce a otro tipo de movimiento mental, nos incita a ir más allá de nuestra propia interpretación y eso nos ayuda a pensar de otra manera, a ordenar lo que nos pasa. Y esto me interesa muchísimo.
¿Qué es lo que más te gusta de escribir? ¿Tienes algún ritual durante el proceso?
No tengo absolutamente ningún ritual, ni disciplina. Pero escribo todo el rato aunque no escriba. Para mí el proceso de escribir poesía es casi algo irremediable, es donde he encontrado mi manera de estar y mirar en el mundo. Algo muy íntimo y también algo profundamente ligado a mis convicciones.
Por último, si pudieras cambiar algo de este mundo a través de tus obras, ¿Qué sería?
Sabemos que una canción, un libro, un poema… pueden salvar o marcar una trayectoria de vida. Yo estoy convencida -tiene relación con lo que te decía antes de una manera de mirar el mundo- que es posible a pequeña escala producir cambio social hablando de las emociones humanas. Poder llevar a las personas a tocar su propia vida, a pararse a reflexionar sobre sus emociones, a reconocerse y así cuidarnos más, a escuchar, perdonar, respetar nuestros espacios, ponernos en el lugar del otro, intentar comunicar mejor, comprender nuestros límites… Esto es lo que me gustaría conseguir.