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Carta de ajuste. Las oposiciones, la suerte y el Cid

Mi verano ha empezado protagonizado por unas oposiciones de Secundaria que, una vez más, han sido noticia por la masacre general que han hecho en todo el país, suspendiendo de cabo a rabo casi al 90% de los opositores. Un proceso selectivo que tachan de “injusto” y “subjetivo” y cuyas directrices pocas veces tiene en consideración los conocimientos de un opositor que lleva años trabajando en un sistema que, cada poco, le dice que no es apto para desempeñarlo aunque cada septiembre vuelva hacerlo un curso más. Y pienso, además, cómo de curioso es que mientras unos seguimos sin descubrir qué nos llevará a aprobar o qué no, otros parecen tenerlo muy claro: “¡la suerte!”.

No dudo yo que la suerte juegue un papel importante en cuanto a que te salga uno de los temas que más preparado llevas, te toque en el tribunal (siempre hay uno) que tiene el mayor número de aprobados, o que los criterios de corrección que se han impuesto ese año sean los más benévolos posibles. Pero, ¡oiga!, todo en manos de la suerte no lo podemos dejar, y pobre de aquel que lo crea.

Este año, como otros, conozco a recién graduados y nuevos opositores que se han enfrentado por primera vez a este reto y han conseguido hacerse con una de las ansiadas plazas públicas. Les envidio -¡no lo voy a negar!- pero sería incapaz de menospreciar sus conocimientos resumiéndolo todo a la suerte, como si llegar hasta ahí no llevara implícito estudiar una carrera, un máster y prepararte en academias. Sin embargo, y más allá de eso, siempre me encuentro con alguien capaz de echar por tierra todo el esfuerzo, murmurando entre dientes: “¡tú es que has nacido con estrella!”. Como si todo lo bueno de la vida cayera por arte de magia, sin trabajarlo, ni lucharlo, ni invertir dinero en ello. Ya ojalá. Suerte las que comen y no engordan o se quedan embarazadas a la primera, aunque si le preguntamos a ellas puede que nos digan que “suerte la justa”. Suertudos aquellos a los que les hacen un examen con las respuestas dadas o les diseñan un cargo a medida. Suerte el día que me digan que soy la responsable del “Ministerio del Tiempo” y puedo retroceder a la época del Cid Campeador y entrevistarlo, porque siempre he pensado que el funcionariado vendría de la mano del tema 42: “La épica medieval. Los cantares de gesta. El Cantar de Mio Cid”.

Sin embargo ese tema ya salió y la nota que consideraron se merecían mis conocimientos rozó el insulto a la inteligencia. Como insultantes han sido este año los 0,6 y 0,4 con los que han calificado a tantos compañeros en el desarrollo de un tema como ‘La Celestina’ que, a lo poco, llevan años estudiando, interpretando y explicando a sus alumnos. Dato que me viene a bien recordar a aquellos que confían en mi suerte, la misma que no me hizo aprobar –“summa cum laude”- el día que tuve que hablar de Rodrigo Díaz de Vivar. Pero como no guardo rencor y nunca está de más ampliar saberes, yo sigo leyendo y aprendiendo con autores que bien saben del Cid, como Ramón Menéndez Pidal o Alberto Montaner; descubriendo ‘Sidi’, la novela que sobre el guerrero publicó, en 2019, Arturo Pérez-Reverte; o volviendo a ver, otra vez, la película protagonizada por Sofía Loren y Charlton Heston que convirtió a la España de los sesenta en un escenario de cine hollywoodiense.

También las historias del mercenario castellano han llegado a la televisión y a la radio, y podemos ver la serie ‘El Cid’ -vía streamingprotagonizada por el joven y guapo actor murciano Jaime Lorente (primo de nuestro Presidente) o escuchar los numerosos Podcast que sobre el protagonista del cantar se siguen haciendo para forjar la leyenda de este caballero que se dedicó a la guerra y se convirtió en leyenda a su muerte -el 10 de julio de 1099- cuando, en un mundo en el que la gente no sabía leer ni escribir, la sociedad ya hizo por inmortalizar sobre el papel sus hazañas y crear, sin saberlo, la primera obra literaria escrita en español. Algo que se merece, a lo poco, una ruta castellana y estudiarlo en la oposición, aunque narrarlo como si fuera un juglar y convencer al tribunal con ello sea ya otro cantar.