En 1956, José Faus, ilustre compositor de Benaguacil, inició con ‘’El rey de los toreros’’ sus famosas ‘’Estampas Españolas’’; en 2019, Amazon lanzó la serie ‘’El Pueblo’’; en 1937, Miguel Hernández escribió ‘’Vientos del pueblo’’ y el 7 de abril de 2024, @luciablanco31 escribió en su instagram: ‘’Ojalá todo el mundo tuviera la suerte de tener pueblo’’. Ante tal verdad, uno poco más puede añadir. Porque sí, el final del verano es el final de un recorrido que nos ha llevado por los pueblos de España, a los que puso música Faus y a los que escribió Unamuno y Gavinet, entre otros. España y sus pueblos, sus pueblos y España. La esencia de nuestra tierra, la pureza de la vida y la mirada cristalina de los ojos de sus habitantes. Los que viven a otro compás y a otro ritmo. Los que viven en los pueblos.
He sido uno de los tantos miles de turistas que este verano, con sus mochilas acuestas y sus 45 grados en el corazón del día, se han pateado nuestro país buscando Dios sabe qué. Desde un monumento maravilloso y muy instagrameable hasta un simple lugar donde tirar el móvil por la ventana y dedicarse a contemplar lo que a su alrededor sucede. Yo he sido ambos. En Granada me he achicharrado viendo monumentos e iglesias, como no, y en Cazorla me he dedicado a observar y bajar pulsaciones. A veces, recorrer la geografía española te permite reencontrarte con tu yo del pasado y, entre otras cosas, te permite adorar otros modos de vida que envidias, porque yo, sinceramente, envidié a esos niños de Arroyo Frío que, al atardecer y con la camiseta del Bayern y el Madrid como piel, jugaban en aquella pista de petanca a ver quien ganaba el partidillo. ¡No había móviles! Solo una pelota de fútbol, cuatro piedras como porterías y la ilusión por creerse Kane o Mbappé. ¿Cuántas veces en nuestra infancia fuimos como ellos? Añoranza ¿verdad? Es la vida la que pasa y no nos deja saborear las cosas, por eso me enterneció ver a esos niños, no más de tres años, que hablaban por los codos mientras su abuelo les daba de comer en el Parador de Guadalupe ¿cuántos veranos viviste comiendo con tus abuelos en la playa? ¿Cuántos recuerdos abrasan tu corazón cuando los tienen como protagonistas? Nuestras vidas, y nuestros veranos, dejan de ser los mismos cuando nuestros abuelos ya no están. Es indiscutible e innegociable. Lo saben. El verano es un asco para los que odiamos el calor, pero es un regalo para las familias que se aman, se quieren y se buscan. Es un regalo para todas esas familias que como la del pantano de Alcántara, disfrutan haciendo kayak y bañándose, pero los veranos también son de ellos, los paisanos, los que resisten las modas y los que no sufren por no tener donde ir en verano. Ellos solo esperan el regreso de los que se fueron buscando una vida mejor y, por supuesto, poder gritar en el cine o teatro de verano: ‘’Abaniiiicooooooo’’ ¡Eso es el verano, joder! Vivir sin miedo, hablar como si la vida fuera a acabar en cada subida del termómetro y como si todo se acabara mañana, uno de septiembre. He recorrido España, ya lo he dicho, y me he enamorado de todas las personas que he visto. De ese niño que mira atento como su padre lo enseña a pescar en ese pequeño remanso de agua de Portagem; de Pablo y Mateo pescando con su abuelo en Luarca; de esa niña que aprende a pescar en Mar de Cristal; de ese hombre tumbado en el césped leyendo, lápiz en mano y presto a encontrar las mejores frases de su vida y de ese dueño de restaurante que, cuando le pedimos que nos reserve una mesa, nos dice para despedirnos: ‘’disfruten’’, pero no un ‘’disfruten’’ acelerado y agobiado por la vida misma, no, sino un ‘’disfruten’’ solemne, rotundo, pausado y relajado. ¡Qué envidia! Ese hombre siente la calma de la vida. Será que era portugués y el fado de Carminho lo relaja día a día.
Ojalá que todos pudiéramos tener nuestro pueblo. Ojalá que todos tuviéramos nuestros paisanos; nuestras casitas de pueblo y nuestros abrazos y besos que regresan cada mes de agosto, cuando Alcántara ve como sus hijos, los exiliados, vuelven al pueblo para pasar el mes de agosto. Felicidad y tristeza. El regreso y la despedida. Seguro que todos se van anhelando volver algún día, quizás como aquella señora que vi sentada en un banco de Murcia frente a Maristas. Noche solitaria. Diez y cuarto de la noche. Ella. Quizás recordaba su pueblo, el que ya no visita o el que nunca tuvo, pero anhela. Esa señora estaba sola porque la ciudad la consume. Pensé acercarme y preguntarle: ‘’Señora: ¿Está bien?’’, pero pensé que quién soy yo para preguntarle a esa señora si echaba de menos algo de su vida, quizás de su pueblo, quizás de su infancia, quizá de su amor o quizás de la nada. Lo que es seguro es que en el pueblo no estaría sola. Estaría en la puerta de casa, rodeada de vecinas cortando trajes y de niños jugando sin móviles en las manos. No es utopía, es realidad, la realidad de los pueblos españoles. Lucia, tienes razón: ojalá todo el mundo tuviera la suerte de tener pueblo. Y añado: y un verano para mirar a los ojos a la vida y darle gracias por simplemente estar ahí. Larga vida a los pueblos y a la vida misma.
Os espero dentro de quince días, mientras sigo observando la vida. Para entonces ya será otoño.