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Cieza, hoy. Brisas septembrinas

He salido a la calle a primera hora de la mañana. Unos mandados tenía que hacer. Ayer Antonio Agredano subió a su instagram un pequeño texto. Le pregunté si tenía una newsletter porque, para los que no lo conocen, Agredano escribe como los ángeles. Su escritura en el Córdoba era una puerta a la excelencia. Cambió el Córdoba por COPE. Listo él. En mi móvil hay fotos a espuertas del verano. Tengo que preparar la última publicación de mis viajes, que no son los de Gulliver ni Cristóbal Colón, pero son los míos. Era el segundo de los días de septiembre. La Basílica campaneaba las diez de la mañana y la puerta de mi edificio se abría. Otro septiembre más la vida se reiniciaba. Dos de enero para los docentes. Dos de septiembre para el resto del mundo. Cómo una máquina mágica, una brisa me acarició y me provocó hasta un escalofrío. Ahora sí, a tomar viento el verano. Y nunca mejo dicho.

Por el Paseo Ribereño todavía quedan algunos niños tirando petardos de la Feria que ya se fue. Siguen pensando que es verano, que hay fiestas y que la vida va a ser siempre igual, pero todo se les acabó el nueve de septiembre. Volvieron los niños a las aulas, las madres a los Valencianos y la vida a seguir su ritmo. Ya no hay desorden, ya no hay post en Instagram mostrando restaurantes, bikinis y playas instagrameables. Todo queda en stand-by. Todo se detiene. El mundo del narcisismo ya no tiene sentido más que para los recuerdos. Todo eso se lo llevaron las primeras brisas que anticipan el próximo otoño.

Salí de casa, como decía antes, aquella mañana del dos de septiembre y una leve brisa me saludó. Ahí me di cuenta de que la vida es como un leve suspiro. Te regala momentos maravillosos, pero también otros en los que, con solo una caricia, que diría Melendi, te deja con un escalofrió difícil de olvidar. La llegada de las primeras brisas y la caída de las primeras hojas otoñales, amarillas, sobre mi coche son señal inequívoca de que la vida avanza, que nada se detiene y que, por mucho que queramos, todo continua. A veces de manera imparable. Estamos subidos en una rueda de hámster. Corre, corre, corre que te pillo. ¿Quién nos pilla? No lo sé, pero sí que es cierto que vamos que nos las pelamos en esto de la vida. El verano nos permite bajarnos de la rueda y hacer lo que nos sale de las narices, pero las brisas de septiembre nos recuerdan que hay que volver a la vida, a  la de siempre y a la que estamos obligados a vivir. Suena el trueno gordo de la traca. Es el aviso. Septiembre ya está aquí, brisas de la Atalaya y a funcionar. Vendrán oscuridades, vendrán alegrías, ilusiones, esperanzas, desesperanzas y desesperaciones, pero, entre lluvia y nubes, entre sol y nieblas y entre otoño y primavera, la vida será maravillosa para disfrutarla de cabo a rabo, ya sea bañándonos en las brisas de septiembre, en las lluvias de noviembre, en los fríos de enero o en los caramelos de abril. Llegó septiembre, llegaron sus brisas y todo se puso en orden. ¡Bendita la hora en la que se inventó el orden! ¡Me encanta! Seguirán llegando brisas durante este mes de septiembre y nosotros seguiremos, poco a poco, retomándole el pulso a la vida, porque, como decía Virginia Woolf: ‘’ Todos los meses son experimentos burdos, de los que se compone el perfecto septiembre’’. Disfrutemos de esa perfección llamada septiembre. Solo hay un septiembre en nuestra vida. Y es este.

Os espero dentro de quince días, mientras sigo observando la vida.