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Cieza, hoy. A ti que vuelves, Señor de Cieza

Confío en la atemporalidad de las cosas. Confío en que, escriba cuando escriba, alguien me leerá y alguien recordará de que o quien hablo. Hay meses en los que tengo frita la cabeza. No me da para escribir nada ‘’original’’ o diferente. Escribo como el que va a comprar pan, porque hay que hacerlo. Luego, hay meses en los que mi lista de Google Keep, que la tengo, no deja de actualizarse con temas y observaciones nuevas. Estas últimas semanas están siendo de eso, mucho Google Keep y mucho apuntar para cuando se me fría el cerebro. Hoy quería homenajear a una persona, pero es que ha vuelto nuestro faro, El Santísimo Cristo del Consuelo. Cieza sonríe y llora cuando lo tenemos a Él con nosotros. Ahora, es momento de volver a subir la cuesta que separa la razón del corazón. Han pasado seis meses, eternos, pero es momento de volver a caminar en silencio hasta su cumbre airosa.

Hay ausencias que duelen ¡ya lo creo que sí duelen! Ausencias que nunca sanarán; ausencias que nos ahogan y no nos permiten tocar tierra, pero también hay ausencias que sabes que se acabarán. Recuerdas a tus familiares que se fueron a Francia y volvieron, los que se fueron a otras regiones a buscarse el pan de cada día y, cuando el color del tiempo los policromó, volvieron a su tierra. Él volvió, no cuando tocaba, porque la hoja del calendario no nos habla de mayo, sino de octubre. Se fue por mayo tras subir glorioso en ‘’su tarde’’. Se fue, nos hundió, nos abandonó físicamente, nos dejó huérfanos y nos dejó perdidos ante su ausencia. Cogió su cruz, sus ángeles y se fue para volver, si cabe, más rey que nunca.

Seis hojas eternas del calendario nos han privado de poder subir a la Ermita, clavar rodilla en tierra y pedir, reír y llorar. Esa es la magia que se encierra en Él, que igual se llora de pena que se ríe porque te ha dado lo que le has pedido. Siempre te llevas algo que te pellizca el corazón. Te da igual si te abre de par en par las puertas de su casa o si te las cierra y solo puedes mirarlo a través del cristal. Te da igual. Es como el amor de una madre que, aunque no esté, sabes que lo tienes, lo sientes y lo vivencias. Así es nuestro Señor. Es el amor incapaz de escribirse, porque ni todas las palabras del diccionario hacen justicia a lo que Él nos regala; es el colchón sobre el que descansar, recargar pilas y volar; es el reloj que, en su lento tic-tac, marca cada hora, minuto y segundo de nuestras vidas. Nosotros somos para Él, pero qué absoluto regalo tenerlo siempre vigilante, expectante y comprometido con nosotros. Pobre de quien no lo conoce o no lo tiene en sus vidas. No saben lo que se pierde.

El Santo Cristo del Consuelo se fue por mayo y, cuando el calendario ya nos permitía otear en el horizonte la palabra NOVIEMBRE, volvió más guapo, más joven y más humano. ‘’BIENVENIDO’’ rezaba una pancarta que cruzaba, de lado a lado, la cuesta de su Ermita. ¡Qué sencillez en tan solo una palabra, pero qué grandeza a la vez! Bienvenido seas por siempre, Santísimo Cristo del Consuelo a cada una de nuestras vidas. No sabes lo que nos alegramos de tu regreso. Algunos hijos tuyos han partido sin poder verte por última vez, otros han cumplido sus sueños y  ahora van a darte gracias y otros, simplemente, van a contarte abonico lo que les pasa cada día de sus vidas. Ahora todos podrán reencontrarse contigo de nuevo.

La Ermita sin Él no ha sido lo mismo. Todos sabíamos que nos faltaba algo grande no, muy grande, pero ahora ha vuelto. El Santísimo Cristo del Consuelo ha vuelto a su Ermita. ¡Ya está de nuevo junto a nosotros! ¡Qué continúe la procesión que nadie ve y nadie escucha, pero que siempre tiene acompañado al Señor de Cieza, El Santísimo Cristo del Consuelo, nuestro amor más puro!

Os espero dentro de quince días, mientras sigo observando la vida.