De todo tipo de momentos, sensaciones y estados, se compone ese periodo de tiempo al que llamamos vida. El actual, a pesar del destrozo, no deja de ser ni más, ni menos que un momento más; muy jodido, pero tan solo eso, uno más. Nunca fui amante de los textos autocomplacientes, ni mucho menos de darle la tabarra a nadie contándole mis películas. Tranquilos, no lo haré. Ya les dije hace algún tiempo que no me considero ni intelectual, ni éticamente capacitado para darle lecciones de nada absolutamente a nadie. Pobres aquellas y aquellos que se aventuran a “venderle la moto” al personal con ficticios y manoseados remedios caseros sacados de la “teletienda” aderezados con algún retoque de la tan de moda IA fulera.
Siempre lo tuve claro, pero nunca lo había experimentado en mi pellejo. Hace mucho tiempo que creo de forma convencida que hay discos que salvan vidas y no me refiero a evitar la muerte física del oyente, sino a sacarlo de la oscuridad que habita en esos pozos a los que caemos de vez en cuando, en ocasiones, sin comerlo ni beberlo. No te alivian el dolor, ni hacen que desaparezca la tristeza. No te enseñan el lado bueno de la historia, tampoco te hacen estar mejor. Simplemente te ofrecen perspectiva, plasman delante de ti nuevas opciones, no todas buenas, pero todas posibles y sobretodo, se convierten en ese minuto que dura el descanso entre asalto y asalto en ese combate de boxeo al que te estás enfrentando con la vida.
1973 (2025 Cultura Records/Varsovia Records) es el título del disco que mi admirado Quique González puso en la calle hace unas semanas. Un gran disco que me viene acompañando en estos “días extraños” por los que estoy pasando. Escucha tras escucha, momento tras momento, voy lamiendo e intentando curar de forma muy meditada y pausada las heridas que deja el rock and roll. Ese riff amigable y cotidiano acompañado de su ritmo marcado y perseverante, el cual he estado tocando casi toda mi vida y que ahora de repente ya no suena. Dicen que mejor que no suene a que lo haga desafinado y lo suyo, por tanto, es dejar que él solito se precipite por el barranco hacia su fin. Ha sido precioso y así lo recordare el resto de mi vida, que a nadie le quepa la menor duda.
Con la obra en cuestión, de la cual me tomo la licencia de recomendarles una serena y calmada escucha, me pasa aquello que todos alguna vez hemos sentido al enfrentarnos a ese disco que en algún momento, por uno u otro motivo nos voló la cabeza: “parece que me lo han hecho a medida”. Se trata de una colección de temas cocinados a fuego lento y grabados, como bien se puede apreciar, casi en directo, con la banda tocando junta y como le he podido escuchar al autor, utilizando solo una o dos tomas por canción. Eso se traduce en un sonido autentico y añejo que te abraza y te balancea en una atmosfera que transmite nostalgia, pero de la buena. Una mirada por la ventana hacia ese atardecer de otoño que supone la cuidada y en algunos casos minimalista producción realizada por Toni Brunet, el cual creo que ha sabido enfocar perfectamente lo que rondaba la cabeza del compositor en el que considero ha sido su mejor trabajo con Quique hasta la fecha.
Sobrevuela sobre el disco un aura de despedida, de cambio, de ruptura con una etapa, en definitiva, con el inevitable paso del tiempo y sus consecuencias. Enfrentarse a un nuevo escenario, ni mejor, ni peor que el anterior. Un nuevo momento vital lleno de miedos e incertidumbres, pero también de ilusiones y motivos por los que luchar cada día e intentar ser feliz.
Como bien se desprende, una vez asimilada y reposada la escucha, cuando todo se tambalea y parece que incluso, lo más básico y asimilado se desmorona, justo en ese momento, solo se trata de sobrevivir.
¿Saben?, me ha costado horrores volver a escribir, pero ya está hecho. Espero coger continuidad en el asunto y estar por aquí dándoles la tabarra mas habitualmente. Gracias Tomás y Joqui por vuestra santa paciencia y gracias a ustedes por aguantarme. Sean felices.