Han pasado algunas semanas desde la última vez que aquí dejé mis palabras. No recuerdo cuantos días ni cuantos meses, pero sé que fue hace tiempo. En este periodo de ausencia he sentido, por primera vez, un vacío creativo. Tan sencillo como que no sabía de qué escribir. Cierto es que las últimas dos semanas, cuando la carga laboral y académica bajaron en intensidad, algunos temas me iban y me venían a la cabeza. Ahí están en mi lista de NOTAS esperando algún día ser traspasados a papel. La cuestión es que he vuelto a sentarme aquí, frente a mi ordenador, porque he vuelto a encontrar un motivo por el que escribir y de lo que escribir.
Es Navidad. Hay nieve a apenas una hora de casa. Hace frio. Suenan los puñeteros fuegos artificiales en la calle. Leo a Milena Busquets y me meto en las redes sociales intentando encontrar algo interesantes. Hace unos días fue Nochebuena, me dio lo mismo, la ausencia mata. Me metí en mi habitación y entré en instagram. Vi un post de una amiga. Escribía desde una habitación de hospital. Su marido, mi amigo, volvía a tener que estar en una cama de hospital, demasiadas veces ya para alguien con inmenso corazón murciano, pero adoptado maravillosamente por el pueblo siempre acogedor de Cehegín. Pensé entonces que soy, somos, afortunados por tener el mundo en orden. Es decir, no sufrir. Simplemente estar.
En Navidad todo es vanidad. Te metes en redes sociales y te inflas a ver fotos de fiestas, mesas de comida más largas que la Giralda y regalos como si no hubiera un mañana. Todo muy superficial, creo yo, sin embargo, ahí no vemos la otra cara de la moneda. El caso de Ricardo, mi amigo en el hospital, es uno de los tantos casos que nos enseñan que hay otra Navidad en el mundo, que no todo son fuegos artificiales en el cielo, ni luces en los salones ni regalos en los árboles de Navidad. Hay otra Navidad que duele, que sufre, que conoce la amplitud de la palabra SOLEDAD y que llora las ausencias de quienes ya no están. Cuando paro, porque ahora he decidido parar por unos días, pienso en las otras realidades, las que no son instagrameables, pero que son igual de importantes que las otras.
Terminé el primer trimestre en el instituto hace unos días. Nos despedimos visitando la residencia de ancianos del pueblecito donde trabajo. Vi a alumnos, chulos como ellos solos, llorar como críos pequeños por ver ante sí la realidad de la tercera edad. Me emocioné yo también al ver esos ancianos. Era fácil. Aquello me hizo tocar tierra otra vez. Hoy vi en redes sociales a una señora de 99 años que decía que en Navidad no tenía donde ir ni con quien estar y eso me recordó que, quien tiene a alguien a su lado, es un afortunado. Vivir acompañado es un tesoro, pero estar bien es un regalo incuestionable.
En Navidad me siento un privilegiado, bueno, siempre. Soy consciente de lo afortunado que soy por, primero vivir en Cieza y, segundo, tener gente extraordinaria a mi lado. Tú también la tienes, seguro. Te animo a que en estas fechas te pares a pensar dos segundos y que veas todo lo bueno que tienes junto a ti. Hay quien llora al ver la silla vacía en la mesa de Nochebuena; hay emigrantes que no tienen familiares a los que abrazar en estas fechas; enfermos que viven conectados a una máquina; jóvenes valientes que esperan volver a coger un AVE para volver a sentir el abrazo de sus familiares; ancianos sin nadie a quien decir un simple TE QUIERO; hijos sin padre o madre o personas a las que la memoria ya no les permite ni saber a qué sabe un abrazo de su hijo.
Mírate: tienes suerte. Disfrútala.
Os espero dentro de quince días, mientras sigo observando la vida.