En mi mundo particular, tengo la costumbre de decorar la casa con adornos navideños durante el puente de diciembre y quitarlos el día de Reyes. Si los dejo demasiado tiempo mi mente cree que una oscura maldición se apoderará de mí el resto del año y ya nada podrá ir bien. Una particular superstición que no me permitirá nunca ser una de esas personas que deja las luces parpadeantes fijas en el balcón hasta el año siguiente, ni capitanear un bar de carretera con la estrella “que anuncia el camino” inmortalizada en la fachada hasta el fin de los tiempos. – ¡No!-. Y no quiero decir con esto que esté bien o mal, solo que yo no puedo ir en contra de ese orden establecido en el que la Navidad dura tan solo quince días, por mucho que nos empeñemos en repetir las fiestas, fuera de sus fechas, casi todo el año. Sin embargo, si comento esta estúpida manía de ir quitando adornos conforme los Reyes Magos salen de casa, siempre hay quien me dice que “¡hasta San Antón, Pascuas son!”. Y qué cierto.
San Antón es esa fiesta que se celebra el 17 de enero en numerosas localidades de España, también en la nuestra, y en la que se bendicen animales y se hacen hogueras. Pero ¿de dónde viene esta tradición?
Si tiramos de hemeroteca, las fuentes nos dicen que San Antonio Abad fue un monje cristiano nacido en Egipto en el año 251, que vivió 105 años y que es considerado el padre del monacato por dedicar toda su vida al retiro espiritual. Fue en la naturaleza donde encontró el amor divino. Allí se dedicó a cuidar heridos y demostró su bondad hacia todas las criaturas, hecho por el que la historia acabaría dándole el título de “patrón de los animales”.
Como casi todas las fiestas, los orígenes tienen mitad de raíces paganas y otra parte de cristianas. La que se aleja del catolicismo es la relacionada con la tradición de las hogueras, usadas por las civilizaciones antiguas para darle la bienvenida al solsticio de invierno y honrar también al Sol. Con la imposición del cristianismo se dedicó el 17 de enero (día del fallecimiento del santo) a San Antonio Abad, del que cuentan llegó a curar a unos jabatos de la ceguera que padecían. Fruto de este suceso, en la Edad Media bautizaron con el nombre de “Hermanos de San Antonio” a unas cofradías dedicadas a criar cerdos y a alimentar con ellos a personas necesitadas y enfermas. Y parece ser que fue en Europa, en el siglo IX, cuando nace la costumbre de bendecir a los animales para pedir su protección.
De cuando empieza a celebrarse en Cieza la festividad de San Antón no hay documentación que nos de una fecha exacta, pero ya mi abuela contaba que cuando ella era pequeña se hacían hogueras y se quemaban ahí viejos enseres. Era principios del siglo XX. Con los años, la traición se fue arraigando hasta dar lugar a la “Quema de la vieja”, la gran hoguera que reúne a todos los vecinos de la localidad y que fue creada en honor al refrán: “La lumbre de San Antón, que salgan los viejos del rincón”.