Todavía quedaba cera en algunos puntos del recorrido procesional. Octubre ya queda lejano, queda como una hoja pintada con el color de la vida que, sin remedio, voló a otros lares, pero su huella aquí dejó. Esos recuerdos hoy fueron sustituidos por la que, como me dijo hace pocas semanas un presidente de una cofradía ciezana, convierte un sábado cualquiera del mes de marzo en el cenit la Cuaresma Ciezana. Ella, Nuestra Señora de Gracia y Esperanza, derribó las puertas de los traslados y, en sus manos, todo comienza a acelerarse imparablemente. Fueron los niños, las mujeres salieron a los balcones, las parejas se acurrucaron mientras Ella pasaba y la música procesional inundó el viejo casco antiguo. Cieza ya vislumbra a lo lejos su semana más esperada, la Semana Santa, pero mientras, como dijo el Nazareno del Año de la Semana Santa de Cieza, seamos todos nazarenos de las aceras y saboreemos cada paso dado en estos últimos compases de otros cuarenta días que van camino de la historia.
En 1921, el celebérrimo periodista sevillano Chaves Nogales escribía: «Dejemos a un lado la parte procesional de la Semana Santa; hagamos que sus marchas fúnebres y sus redobles de tambor suenen solamente como el acompañamiento musical de un recitado – el recitado interior de nuestras almas conmovidas– y démonos a recorrer las calles olvidadas de la ciudad, las calles silenciosas, las que son el relicario de la vida». Y, como si todos los ciezanos hubiéramos leído este párrafo del genio andaluz, recorrimos las calles que, otros días olvidadas y silenciosas, ayer se llenaron de vida, de gente, de alboroto y de reencuentros prestos para ver, cara a cara, a la que llena la carrera de Gracia y Esperanza.
Quince minutos después de la hora estipulada en la guía de actos, haciéndose de rogar, provocando impaciencias, como los buenos espectáculos, se lanzó a la calle el cortejo del color de nuestros campos en el estío. Todos sabíamos de qué trataba el tema. Todos conocíamos cómo, cuándo y dónde, pero ninguno sabía lo que la hora de procesión, minuto arriba, minuto abajo, le iba a deparar. Reencuentros, charlas mientras llegaba la Virgen, marchas que te obligaban a cambiar el paso; ojos cerrados en la vara sintiendo solo lo que su corazón le dictaba a la mujer andera; el primer rastro de cera que tapiza el recorrido procesional; la voz que marca silencio en la recogida o la sombra, imponente, de la imagen proyectada sobre la vieja casa de la Fifí, son solo algunas pinceladas de lo que ayer fue una nueva vuelta a casa de la Dama de Jueves Santo. Todo era sorprendente y todos los rostros albergaban algo en su mirada. Todos contaban historias, te decían cosas y, sin hablar, los entendíamos. Ayer solo hacía falta mirar a Antonio Jiménez Munuera para, primero, ver en sus ojos la mirada de un buen hombre y, segundo, poder desentrañar la profunda emoción que sentía por ser distinguido como Hermano de Honor 2026 de la Real Cofradía de Nuestra Señora de Gracia y Esperanza. A él no le hacen falta este tipo de cosas, porque, como María, en su humildad reside su grandeza, pero pocos como él conocen y sienten a la decimoséptima cofradía ciezana, la que llenó de flores y marchas procesionales la tarde del Jueves Santo según Cieza.
Junto a Munuera, todos se dirigieron al lugar de siempre, ahí donde el tiempo se detiene, una melodía nos evoca otros años y recuerdos y donde, en el frío del otoño, soñamos con volver a ver el rostro nacarado de la novicia más joven del Monasterio de la Inmaculada Concepción.





















