Nadie compraría un perfume basándose únicamente en las críticas de otros compradores. Y, sin embargo, así es exactamente cómo elegimos nuestras películas. «¿Vemos esta peli?» «¿Qué nota tiene?» Cada vez dependemos más de lo que opinen otros para consumir un producto, ya no hablemos para opinar de él. Esto no solo contamina nuestra experiencia de consumo, sino que preconcebimos la calidad del producto. «Tiene un ocho y medio, debe ser un peliculón». Pues quizá no lo sea. Plataformas como Metacritic o Letterbox ordenan películas según su nota media, creando así listas muy poco objetivas de cuáles son las mejores películas de la historia.
La crítica no deja de ser la opinión personal de un individuo. En mi experiencia, las opiniones varían escandalosamente de unos a otros, y eso ya nos debería decir algo. Todos tenemos amigos que detestan nuestras películas favoritas y viceversa. Otro problema nace de las notas mismas. De resumir una crítica que se ha escrito con tesón y tesis detrás, con un simple número. ¿Alguien podría acaso decir algo de un videojuego sabiendo únicamente su nota? Y, aun así, en lo que todos nos fijamos es en ese numerito. Como si pudiera resumir la calidad de una pieza artística llena de aristas y complejos hilos que se interconectan. Un número tan vacío como nuestro interés por ahondar un poco más.
Algunos trabajadores incluso reciben un bono si el videojuego alcanza según qué nota de media. Esto genera una presión, no solo para los diseñadores de videojuegos, sino también para los periodistas. Son conscientes de que estos apartados contractuales o que las ventas del videojuego están muy arraigadas a su nota media y eso hace que, por lo general, todas las notas estén muy infladas. Todos los aficionados a los videojuegos y a su prensa sabemos que un cinco o un seis es un juego insuficiente, que probablemente suspende. Aunque esto no ocurre de igual manera en el cine, sí comparten otras problemáticas, como la elección de compra.
Algunos espectadores eligen solo las películas con notas más altas para ir al cine. Otros se basan solo en ese número para criticar algo que no han consumido. En parte, esto es culpa del vertiginoso ritmo de vida actual y la inmediatez exigida. ¿Por qué voy a leer opiniones con el poco tiempo que tengo si puedo fijarme en un número que ya me va a decir cómo debo de sentirme? Simple. Porque si ahora mismo entran en estas páginas y buscan sus películas favoritas, no verán reflejada la nota que esperan. Tanto gustos como opiniones son tan variados y ricos en sus diferencias que poco podemos fiarnos siquiera de la opinión de un amigo. No sé cuántas películas o videojuegos recomendados por amigos no me han gustado. Pero, al parecer, sí nos fiamos de la media ponderada de unos cuantos extraños que no te conocen de nada.
Y aun así, ese no me parece el mayor problema. El mayor problema es la desaparición de la opinión propia. El convencimiento general de que algo es bueno o malo y su posterior defensa a capa y espada. Ir al cine con una predisposición a que la película te tenga que parecer un ocho es horrible. Y al acabar, si no te lo parece, te excusas con un «tengo que dejarla macerar, quizá verla una segunda vez». Hemos desarrollado una especie de miedo a tener una opinión. Este miedo de decir que no nos gusta una película, incluso si es un clásico, debe desaparecer. Se puede apreciar la calidad de una obra y que aun así, no te guste. A mí me pasa con muchos clásicos en los que aprecio su calidad y lo importante que pudieron ser para la época, pero que no congenian conmigo, ya sea por los temas que tratan o cualquier otra cosa. Por supuesto, también ocurre al revés. Hay muchas películas de las que soy consciente de su falta de virtuosismo y que aun así las adoro y las disfruto. Por mucho que te guste un elaboradísimo manjar en el mejor restaurante de tu pueblo, ¿a quién no le va a gustar una hamburguesa grasienta y rápida de cocinar de vez en cuando?
Tanto el cine como los videojuegos son mucho más divertidos de experimentar por primera vez cuanto menos sepas de ellos. Una opinión personal y firme es mucho más valiosa que un número. Y lo mejor es que, como se habla desde la subjetividad, nunca puedes estar equivocado.