Desde hace un tiempo se ha popularizado el uso de la inteligencia artificial para la creación de carteles para eventos, y aunque en determinados contextos se podría discutir su utilización, me resulta imposible comprender que las administraciones públicas recurran a estas herramientas. Cada vez es más frecuente encontrarlos en los perfiles de los ayuntamientos para anunciar eventos. Eliminan así una de las formas en las que los artistas de su alrededor puedan desarrollarse y darse a conocer.
A veces me imagino el prompt para que la IA le devuelva la imagen y me llevo las manos a la cabeza. Estos carteles me generan tal rechazo que me obligan a apartar la mirada de esas creaciones sin alma. Sin personalidad. Sin una intención más que ahorrarse unos pocos euros o evitar marearse la cabeza buscando a un artista.
En todos los pueblos hay artistas. Sin excepción. ¿Y en lugar de apoyar el arte local una administración pública prefiere un cartel hortera? ¿No se supone que deberían ser estos poderes públicos los que ayudaran a impulsar el arte y la cultura de sus pueblos? Es entonces cuando resulta difícil no ver detrás de estas decisiones una mezcla de desidia y tacañería. Cuando sustituyen a un creador local por una imagen generada automáticamente, están enviando un mensaje muy claro del valor que dan a nuestra cultura.
He mencionado al inicio que se podría discutir el uso de estas herramientas en determinados contextos. No creo que a nadie le moleste que un negocio familiar o alguien sin recursos utilice la IA para crear un cartel. Como siempre, el problema no es la herramienta, sino quién y cómo se utiliza.
Si a mí me vienen a la cabeza un par de nombres de artistas de mi pueblo, sin estar muy presente en el circuito cultural, ¿cuántos podrán venirle a la mente a esta gente que sí lo está? Cuando coinciden con ellos, ¿les dicen que han preferido un «haz un cartel que parezca hecho por un humano» a un cartel hecho con ahínco y cariño por un vecino.
Cualquiera puede entender que las herramientas aparecen de forma natural por la demanda que los humanos desarrollamos, pero si las instituciones públicas dejan de encargar trabajo a los artistas locales, no estarán modernizándose. Estarán despreciando una de sus funciones básicas: mantener viva a la comunidad cultural que representan.