El comercio, la rentabilidad y todas esas tediosas palabras económicas matan al arte. Vivimos en una época en la que es más rentable hacer secuelas, remakes y refritos que invertir en nuevas ideas. La nostalgia también se ha industrializado y, como siempre, el que sale perdiendo es el consumidor.
Es el momento de las sagas, de los universos cinematográficos y live action. Si una película fue buena, ¿por qué no hacer otra? Es un argumento válido cuando esa historia permite ser ampliada. Ejemplos evidentes son El padrino o Terminator. Pero, en la mayoría de ocasiones, detrás, hay unos directivos muy bien vestidos moviendo la rueda de la rentabilidad. Todos conocemos alguna de esas sagas estiradas en nuevas entregas hasta escurrir la última gota que su nombre puede proporcionar.
No solo el espectador tiene menos variedad para consumir, sino que los propios artistas involucrados en la producción de estas películas pierden esa frescura de una historia completamente nueva.
Por desgracia, esto no es exclusivo del cine. La literatura y los videojuegos también se ven afectados por esta imparable rueda. Las sagas literarias están a la orden del día. La palabra «trilogía» convive entre nosotros casi como un miembro más de la familia. Y la problemática no viene de su género o de la trama que desarrolle, sino de su finalidad. Enganchar, consumir y comprar el siguiente.
¿Y qué decir del mundo de los videojuegos? Todos los años salen los mismos videojuegos de deportes, de guerra o de alguna franquicia cuya frescura se perdió hace más de diez años. Parte del éxito de estos es la nostalgia con la que se disfrazan. Recordamos lo que sentimos allá por 2015, y lo queremos volver a experimentar.
Esto le niega a los artistas detrás de estas obras la posibilidad de ser original, de apostar por lo excéntrico, por lo raro… de innovar. El peligro que aparece con esta problemática es, como siempre, para el consumidor. Menos variedad o capacidad de elección. Sensación de haber visto ya una película al ser demasiado similar a otras. Y, finalmente, desinterés.
Por suerte, no todo está perdido. Hoy hay más producciones independientes que nunca. La plataforma de compra de videojuegos Steam está plagada de videojuegos indie desarrollados por equipos muy pequeños. Productoras como A24, que ya no maneja presupuestos tan independientes, refrescan anualmente el panorama cinematográfico y fundaciones para jóvenes creadores, como la de Antonio Gala, empujan nuevas voces hacia las novedades de las librerías. Es, en mi opinión, sobre este auge independiente en el que merece la pena invertir nuestro tiempo.
En cierta medida, me alegra mucho cuando uno de estos productos que consumo me aburre o no me gusta, porque significa que es distinto a lo que ya conozco. En algunas ocasiones, tras un segundo visionado o lectura, algo cambia y detecto aristas que antes no veía. Y es ahí, en ese preciso momento, en el que tanto el género de esa pieza, como yo, avanzamos hacia un nuevo lugar. Uno en el que no está ya todo manido. Uno que nos hace evolucionar como artistas y como consumidores.