El pasado miércoles, 12 de agosto, los ciezanos, como gran parte de los españoles, tuvimos una cita con el cielo. Durante días, los medios de comunicación y las redes sociales no hicieron más que recordarnos el acontecimiento histórico que íbamos a vivir y la oferta, en diferentes puntos de España y a distintos precios, desde los que poder disfrutar del fenómeno. Esa mañana, toda persona andante que me encontraba iba buscando las necesarias gafas homologadas y comentando que iría a casas de campo de familiares y amigos a vivir el momento.
Y el momento llegó por los pelos, porque el cielo estuvo emborregado gran parte de la tarde, pero, al final, a la hora prevista, pudimos ser testigos de una imagen fascinante. Yo, que prometí no mirar por miedo a las posibles consecuencias para la vista, no pude contenerme ante tanta expectación y, con las gafas especiales, observé el firmamento unos pocos segundos y quedé eclipsada ante tanta belleza.
Dicho espectáculo ha provocado durante milenios atracción, pero también temor. Porque hoy conocemos perfectamente qué sucede cuando la Luna se interpone entre la Tierra y el Sol, pero hubo un tiempo en el que ver desaparecer al astro rey en pleno día solo podía significar que algo extraordinario —y no necesariamente bueno— iba a ocurrir.
Los antiguos pueblos nórdicos, por ejemplo, creían que los lobos Sköll y Hati perseguían al Sol y a la Luna y que el eclipse llegaba cuando conseguían atraparlos. Para espantarlos, la población hacía todo el ruido posible con calderos de hierro, palos y tambores. En la antigua China, el responsable del fenómeno era otro animal: un enorme dragón celestial que devoraba el Sol y al que también trataban de ahuyentar a golpe de timbales.
Los aztecas rodearon los eclipses de supersticiones y llegaron a temer que pudieran afectar a las mujeres embarazadas y a sus hijos. Se creía que, si miraban directamente al Sol, el niño podría nacer con malformaciones o que, incluso, la madre podría perderlo. En algunas tradiciones de la India se practica el ayuno durante estos fenómenos y, según una antigua creencia italiana, las flores plantadas durante un eclipse crecen con colores más intensos.
Pero, aunque los dragones y los lobos hayan quedado atrás, los eclipses no han perdido del todo su halo de misterio. Algunas corrientes atribuyeron al del pasado miércoles una especial carga energética y lo relacionaron con el cierre de ciclos, la aparición de verdades ocultas, la liberación de cargas del pasado y los momentos de introspección y cambio. Incluso los informativos se hicieron eco de la alerta de la Asociación de Víctimas de la Santería ante el posible sacrificio de animales en rituales ocultistas durante el eclipse. Así que los más previsores, además de la protección visual, disfrutaron del fenómeno con un lazo rojo, unas llaves en el bolsillo o un imperdible para, según ciertas creencias, protegerse frente a las supuestas malas energías.
Y es que, en un momento en el que el día parece convertirse en noche y la naturaleza aparenta detenerse, no es de extrañar que las civilizaciones antiguas lo interpretaran como un mal augurio. Por suerte, la ciencia nos ofrece una explicación más real y menos misteriosa. Un eclipse solar ocurre cuando la Luna se interpone entre la Tierra y el Sol y oculta total o parcialmente su luz. El peligro no procede de ninguna energía invisible, sino de mirar directamente al Sol sin la protección adecuada. Pero, aunque la ciencia nos ha enseñado a entenderlos, los eclipses siempre nos fascinarán.