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Cieza, hoy. ¡Al lío! ¡Que no estamos tan mal!

Han pasado meses. Han pasado años. Han pasado semanas. Han pasado minutos y segundos. Han pasado cosas.

La última vez que escribí para ustedes, la verdad es que ni me acuerdo.

A veces es necesario parar y ser conscientes de que la mecha se ha consumido. Sentí un vacío creativo y sentí que era una absoluta tontería seguir haciéndoles perder el tiempo con mis escritos, que ni fu ni fa. Había que parar. La vida así me lo requería y así lo hice. En estos tiempos de ausencia, sentí vuestro cariño y vuestras añoranzas, ya fuera directamente a mi persona o a través de gente cercana a mí. Gracias por añorarme, pero estoy de vuelta y, como diría Martínez Ares en su histórica comparsa El Perro Andaluz: «¡Vengo que muerdo, Dios, vengo que muerdo! Si piensas como yo, dame tu mano; subamos hasta el filo de los sueños, que oigan cómo les gritamos: ¡Hermano, ladran, luego cabalgamos!».

Te invito a que me des la mano, me acompañes cada cierto tiempo —espero que sea cada quince días— y juntos volvamos a hablar de la vida, de los sueños, de las cosas bonitas y de nuestra amada Cieza.

El otro día, mientras estaba en Londres o en Burgos —no lo recuerdo bien—, leí en X a una muchacha que escribía, de manera muy poética, sobre los últimos días del verano. @angelagarcia92, la muchacha en cuestión, citaba a su vez al escritor Manuel Vilas —¡lean su obra Ordesa!—, quien escribía: «Cuando declina agosto, el verano queda herido de muerte: las tardes se acortan, el aire fresco busca la piel y el primer soplo de otoño nos avisa de que no solo se acaba el sol, sino también un tiempo de nuestra vida». Bonito, ¿verdad? Directo, sin andamiajes y sin más armas que la palabra directa a las emociones. Manuel le pone palabras a lo que muchos sentimos cuando el verano ya comienza a despedirse, pero el final del verano, al menos en las hojas del calendario, también ha supuesto para muchos un alivio absoluto. Unos tendrán la famosa morriña gallega; otros estaremos emocionados de ver cómo el calor se va haciendo a un lado, cómo las hojas de los chopos comienzan a amarillear, como los puestos del mercado ya tienen jíngoles y cómo las mantitas de la cama, cada noche, empiezan a revolotear sobre nuestros cuerpos.

Es el final. Es el final de este tiempo de nuestra vida que lleva por título verano. ¿Y ahora qué?

Con la llegada de septiembre, todo se reinicia. Yo, que soy docente, para mí el año comienza el 31 de agosto, cuando el último trueno de la traca revienta los puntos cardinales de Cieza. Ahí comienza otro año indescifrable y sin escribir, pero este año será diferente y aquí daremos buena cuenta de ello.

Desde la última vez que les escribí, Granada, la tierra de García Lorca, ha sufrido dos terremotos de considerable importancia; España volvió a erigirse como la mejor selección de fútbol del mundo; el papa León XIV visitó España y nos dejó un poso que tardaremos tiempo en olvidar —hablaré de ello más adelante—; y, para rematar, vimos hasta un eclipse solar que bien podría considerarse un influencer. Tuvo sus minutos de gloria e, igual que vino, se fue.

Después de todo eso, nos quedarán las elecciones municipales, regionales y, quizás, nacionales; nos quedarán las elecciones al máximo órgano cofrade de Cieza, la Junta de Hermandades Pasionarias; y nos quedarán cosas que, a día de hoy, todavía desconocemos, pero que seguro nos sorprenderán, nos emocionarán o nos entristecerán.

Esta es la vida, esto es Cieza y aquí ninguna línea se escribe igual que la anterior.

Prepárense para lo que está por venir. Será un año intenso, apabullante, agotador, pero precioso. Habrá mucho salseo sobre el que escribir, pero también habrá que tener un pensamiento muy crítico para evitar comernos todos los gazapos que los partidos políticos querrán vendernos de cara a las elecciones.

Confío en que para entonces ustedes sigan aquí, a mi lado, en la mesita de su casa; en la cola del médico, con el móvil en la mano; en su descanso del trabajo o vayan ustedes a saber dónde, pero al lado de Cieza, que al final es lo que importa.

Yo soy un mero trilero de la vida, un figurante de poca monta y, como dice Sergio del Molino, «un juntaletras» del montón.

Ánimo, que ya lo dijo Eva Amaral: «No quedan días de verano». ¡Y menos mal, Eva!

Os espero dentro de quince días, mientras sigo observando la vida.