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Miércoles, 20 de Setiembre del 2017
Sábado, 15 Julio 2017

Arde España

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CLR/Tino Mulas.

No es cosa de ahora. Pasa todos los veranos, algunos con más virulencia, otros con menos, pero el estío hispano es sinónimo de incendios forestales.

Y este año parece que vamos camino de pulverizar records. Las altas temperaturas, la sequía, la falta de actuaciones preventivas y de recursos, el salvajismo de algunos y los descuidos de otros van a lograr que las noches ibéricas se vean iluminadas por nuestros bosques en llamas.

 

Pero no se trata sólo de un espectáculo o de una noticia en la televisión o la prensa. Los incendios forestales tienen consecuencias gravísimas que, más temprano que tarde, nos van a afectar a todos. Veámoslas.

 

La primera, la desertización. El manto vegetal que cubre nuestros suelos, y más si se trata de árboles, protege a éstos de la erosión de la lluvia y el viento. Cuando no hay árboles ni plantas las lluvias se llevan la tierra fértil y dejan en muchas ocasiones la roca madre al desnudo, en la que no puede crecer nada. Pero además la lluvia, al arrastrar el manto fértil, provoca graves daños por donde pasa, convirtiendo el discurrir de las aguas en auténticas riadas mortales que antes eran detenidas o suavizadas por la cubierta vegetal. Sin contar con el drástico cambio de la composición de los suelos en los que crecían las plantas ahora quemadas, que casi siempre es negativo para la supervivencia vegetal. En consecuencia España, que se encuentra en grave peligro de desertización por el cambio climático, pierde ingentes cantidades de suelo fértil todos los años, incluidos suelos de cultivo.

 

Precisamente el cambio climático es otro de los factores que se ven afectados por los incendios. Y no para bien, sino todo lo contrario. El calentamiento del planeta se debe al aumento de la presencia de dióxido de carbono en la atmósfera. Esta sustancia se libera en grandes cantidades cuando se queman plantas y árboles, por lo que los incendios contribuyen al efecto invernadero y al cambio climático. Pero además los árboles en particular y las plantas en general son depósitos de dióxido de carbono, que absorben de la atmósfera para construir con él sus raíces, tallos, hojas, etc. Si árboles y plantas arden, el dióxido de carbono que almacenaban pasa de nuevo a la atmósfera. Y en consecuencia, tenemos más efecto invernadero. Sin olvidar que las plantas producen una parte importante del oxígeno que respiramos; cuantas menos plantas haya, menos oxígeno tendremos.

 

¿Y qué ocurre cuando un espacio antes arbolado ha ardido? Pues que en más de una ocasión ese espacio es urbanizado, ya que la ley lo permite, mientras que la madera de los bosques quemados es aprovechada para su venta por empresas madereras. Pero construir en estos terrenos resulta a veces peligroso, ya que las zonas urbanizadas aumentan el poder erosivo de las aguas que pasan por ellas, cuando no reciben directamente riadas que antes eran detenidas por la vegetación que se quemó.

 

¿Más consecuencias? El ecosistema en el que antes del incendio vivían diversas especies de animales y plantas desaparece. Los animales que hayan sobrevivido deben emigrar, pero las más de las veces no encuentran un lugar a donde ir, dado que el hombre ha invadido la mayoría de los espacios naturales. Los incendios acaban con una parte sustancial de la biodiversidad de nuestro país, ya bastante amenazada por la urbanización y la contaminación.

 

En resumen: los incendios tiene unas consecuencias gravísimas en todos los aspectos que analicemos. Y sin embargo no paran de crecer. En el periodo 2000-2015 se han quemado en España de media 116.000 hectáreas anuales de terreno. Y lo peor de todo es que tras el 80% de estos incendios está la mano del hombre. En un 30% de los casos se han debido a descuidos o imprudencias, pero uno de cada dos incendios han sido provocados de forma deliberada, por motivos diversos: obtener nuevas tierras de cultivo o pasto, urbanizar las zonas quemadas, vender su madera, simple y llanamente por ver arder el bosque, como es el caso de los pirómanos… Demasiados incendios, demasiados bosques quemados, demasiados paisajes calcinados, incluso personas muertas, son las consecuencias que todos pagamos.

 

¿Puede evitarse esta escalada de destrucción? En parte sí. Los incendios que se desencadenan por causas naturales son difícilmente evitables. Pero sobre los causados por el hombre se puede actuar. Por ejemplo, previniéndolos mediante una limpieza sistemática de la maleza en las zonas de mayor riesgo, de tal modo que el fuego tenga más difícil propagarse. También con una mayor vigilancia en estas zonas. Igualmente sería positivo un endurecimiento radical de las penas a los incendiarios, a los que hoy en día sale poco menos que gratis provocar un incendio. Y ya que estamos, no estaría de más aumentar las dotaciones de los equipos antiincendios, fuertemente reducidas en los últimos años con los recortes de gasto. Por no hablar de campañas de concienciación para que la gente en general tenga más cuidado cuando pasea o pasa por un bosque, para intentar reducir ese 30% de incendios provocados por descuidos.

 

Y sería más que conveniente que el incendiar un bosque se convierta en un acto criminal, un crimen que no afecta a algo pretendidamente abstracto como puede ser un ecosistema, sino que nos afecta a nosotros, los ciudadanos, propietarios del país y que nos estamos quedando sin naturaleza por la actuación de estas personas a las que no sé cómo llamar, pero insisto en calificarlas como criminales contra su propio pueblo.

 

Salvemos nuestros bosques. Nuestro futuro depende de ellos.

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