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Martes, 25 de Enero del 2022
Sábado, 20 Noviembre 2021

El VIAJE (más final aún) a Ninguna Parte. El cine que se nos fue (y II)

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Anoche - ¡en qué desvencijado trasto me estoy convirtiendo!- volví a caerme cuan largo soy, aunque me caí poquito a poco, en tiempos, trastabillando, como lo que voy siendo también “magnis itineribus”, un viejo torpe y anquilosado, es decir, me caí en intervalos de caída, caída intermitente, como no dando crédito a lo que me estaba sucediendo en ese momento.

Me dio tiempo a pensarlo pero no a evitarlo, fue una especie de “caesum interruptum”, mientras celebrábamos, tomando en familia una cerveza en el Costa Rica III del ciezano paseo de José Antonio Camacho, la ceremonia religiosa de confirmación de mi nieta, Alba María Sánchez Marcos, mi lucero del Alba, ya saben ustedes.

 

Algo de culpa tuvo la pendiente de la calle, que, aunque no excesiva, no resulta desde luego de lo más adecuado para instalar una terraza-comedero-bebedero al aire libre. En realidad, hasta la caída misma, que se produjo justo al levantarnos para finiquitar la celebración, todo transcurrió muy bien, fue una celebración jovial, a la que por cierto no asistió ella, mi niña Alba, que se fue a festejar con las amigas su puesta de largo, su presentación religioso-social como nueva y maravillosa jovencita, que a fin de cuentas así es como yo veo y para lo que pienso que sirve el ritual socio-religioso de las confirmaciones.

 

Entre cerveza y cerveza, yo acababa de hablar del catatónico Joe Biden, presidente norteamericano, proverbial también por sus caídas físicas, probablemente derivadas de su creciente torpeza de movimientos a los 78 años que ya tiene, como me viene pasando a mí mismo, en mi caso a los 70. Fue una referencia premonitoria, aparte de que al peligro de la caída se sumó la vergüenza del espectáculo de mostrar estrepitosamente mi propia debilidad en plena vía pública. Sin embargo, he de decir que, dentro de la mala suerte, fue una caída con fortuna, y esta vez no me he roto nada, o eso creo, aunque tengo el cuerpo adolorido y maltrecho, desde luego.

 

Pero este artículo quería ir también esta semana del cine que hubo en Cieza, que funcionó aproximadamente durante medio siglo escaso, y que desapareció para siempre en la década de los noventa del siglo pasado, entre loables pero infructuosas iniciativas para reflotar no tanto un espectáculo cuanto un negocio que, como antes el teatro o la revista, se había convertido ya claramente en un cadáver exquisito. Así, los miércoles selectos del Capitol en tiempos de Aurelio Guirao padre, en los que, por el mismo módico precio (creo que eran quince pesetas la entrada), se podían ver sesiones triples, o cuando llegó el cine de arte y ensayo (recuerdo bien la de “Helga”, el milagro de la vida, una película “revolucionaria” porque por primera vez, se mostraba ante las cámaras un parto sin censuras, algo que en realidad más que sensaciones libidinosas, nos hacía apartar la vista de la pantalla por lo crudo de las imágenes) o las películas clasificadas S, donde destacaron los destapes made in Spain de efímeras actrices como Victoria Vera, Agata Lys, Edwige Fenech o Laura Antonelli, o las sagas de Enmanuelle, la Antivirgen, la blanca y la negra. No obstante, resulta curioso que recuerdo mucho mejor títulos de excelentes películas que se proyectaban por entonces que títulos más recientes de ahora mismo. Repaso brevemente algunos…

 

Títulos míticos de por entonces lo fueron películas como “55 días en Pekín”, con Charlton Heston y Ava Gardner, “Cleopatra”, con Elisabeth Taylor y Richard Burton, o “La caída del Imperio Romano”, “El fabuloso mundo del circo”, “Kartum”, “Sonrisas y lágrimas”, “My fair lady”, “La cabaña del Tío Tom”, “La hija de Ryan”, “El desafío de las águilas”, “La carrera del siglo”, “Aquellos chalados en sus locos cacharros”, “Chitty Chitty, Bang Bang”, “La conquista del Oeste”, “Ben Hur”, “Quo vadis”, “El Mundo Perdido”, “Álvarez Kelly”, “El mundo está loco, loco, loco…”Lawrence de Arabia”, “La Pimpinela Escarlata”, "Las zapatillas rojas", "La Heredera", "Julio Cesar", "La vuelta al mundo en 80 días","La gran prueba", "Trapecio", "El Cid", "Los paraguas de Cherburgo", "Extraños en un tren", "Recuerda", "Campanadas a medianoche”, "Ciudadano Kane", "Teléfono rojo, volamos hacia Moscú?"; películas de Woody Allen míticas como "Annie Hall", "La rosa púrpura de El Cairo", "Días de radio", "Manhattan ", y otras como "El expreso de medianoche", "El nombre de la rosa", o "El silencio de los corderos"…

 

Siempre fui fiel a la cita con la sala oscura en la que, después de los tres timbrazos de rigor, se encendía la vida maravillosa en glorioso blanco y negro, o en rutilante tecnicolor. Pero llegó un día en el que al cine ya no iba nadie y el cine siempre había sido soledad y anonimato en compañía. Que esa fue la respuesta que recibió Totó, el protagonista de “Cinema Paradiso” al volver a Giancaldo- su pueblo natal – y comprobar que el edificio en el que había crecido contagiado de la magia del celuloide, se caía a pedazos, como se cayó en su día el famoso Pino Gómez, tan característico y querido por los ciezanos que hasta nombre le pusimos, como se caería la palmera de la calle General Ruiz (que ya no sé si se sigue llamando así), la calle del Gato Negro, la calle del aire, donde a todas horas se embocaba y soplaba el viento con fuerza. Una tarde de viento huracanado que a nosotros nos pilló en los futbolines del solar de Doña Adela, los de Cayetano el Cojo, cuya rudimentaria techumbre de chapa y uralita volaba por los aires y donde nos salieron en las manos, de tanto darle a los mandos del portero, la defensa, los medios y la delantera, los primeros y hasta ahora únicos callos de nuestra vida.

 

Cayeron en Cieza la palmera del Gato Negro, el Pino Gómez, el solar de doña Adela, cayó el Cine (o nos zamparon un vergonzante derribo encubierto en el caso del Capitol) y me caí yo el otro día, empaquetado en buen chaquetón y bien vestido para la confirmación de mi lucero del alba. La culpa de esta última caída, por diluir la responsabilidad y no autoflagelarme, diré que la tienen seguramente la velocidad de rotación y de traslación de la Tierra (1666 por 110.000 kilómetros a la hora; pero, ¿Quo vadis, o Terra?), que es velocidad vertiginosa y desenfrenada que fundamenta y explica todo el estrés que arrastramos, y mi proverbial torpeza para desenredar mis pies de obstáculos sobrevenidos, sobre todo en terrazas al aire libre ubicadas en calles con pendiente, y que sirva esto de explicación no solicitada y sírvame a mí también de excusatio non petita. Lo otro, el Cine, definitivamente, se nos fue y ya no volverá, al menos no como ayer.

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