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Lunes, 21 de Agosto del 2017
Sábado, 08 Julio 2017

Somos los mejores......... en abandono escolar

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Así, como lo lees, querido lector o lectora: la Región de Murcia tiene el dudoso honor de encabezar el ranking de las tasas de abandono escolar temprano de nuestro país. Para que lo entiendas: el 26,4% de nuestras chicas y chicos dejan el instituto sin haber obtenido ni el graduado en ESO ni un título de técnico de grado medio de Formación Profesional.

Y no se trata de una curiosidad ni de una estadística, sino de una realidad de graves consecuencias a medio y largo plazo. Por una parte, la insuficiente formación y educación crea una masa de ciudadanos con poca o ninguna capacidad para comprender la sociedad que le rodea y guiar sus propias vidas con independencia y responsabilidad. Por otra, la fuerza de trabajo de nuestra Región presenta un notable déficit de preparación que hace necesario en muchas ocasiones buscar profesionales de varios sectores fuera de la comunidad.

 

Pero la situación se agrava aún más si tenemos en cuenta la evolución que sigue el mercado de trabajo en las últimas décadas y que se está acentuando de forma progresiva: la especialización y el reciclaje continuos son ya condición sine qua non para acceder a un puesto de trabajo de calidad. Sin titulación, nuestros jóvenes son presa del paro, hasta el punto de que el paro entre los chicos y chicas que no tienen estudios casi triplica al de los jóvenes que tienen algún tipo de formación. Con titulación, el acceso a un puesto de trabajo es siempre más sencillo, aunque se trate de uno de menor cualificación de la que se posee.

 

El abandono escolar temprano no es exclusivo de la Región de Murcia. En general España ha presentado, desde hace décadas, porcentajes de abandono escolar muy superiores a los del resto de nuestros socios europeos. No es que no se haya logrado nada en los últimos años, habiéndose conseguido reducciones incluso espectaculares en algunas comunidades autónomas, y notables a nivel nacional. De hecho España ha pasado de un 41% de abandono en la década de 1990 a un 19% en la actualidad. Pero aún doblamos la media europea, y uno de cada cinco chicos y chicas españoles no posee ninguna titulación.

 

¿Qué ocurre? ¿Por qué estas cifras todavía hoy tan negativas? ¿Qué nos diferencia de otros países europeos? Puede que, para empezar, debiéramos fijarnos en nosotros mismos. Hay comunidades en las que la tasa es inferior al 10%, por debajo de la media europea. Generalmente en estas comunidades (casi todas en el norte) la base económica es la industria o les servicios de alto valor añadido, por lo que poco hueco queda en el mercado laboral para jóvenes sin formación; o sea, que o estudias o te espera un futuro laboral muy negro. Y son comunidades que dedican porcentajes de su presupuesto más altos a la educación que otras con mayor abandono escolar.

 

Por el contrario las comunidades que presentan mayores índices de abandono, Baleares y Murcia, tienen un tejido económico distinto, basado en el turismo y la agricultura y en el que no se necesita mano de obra cualificada. Ello desanima a muchos jóvenes a la hora de lograr una titulación que no le van a exigir al buscar un puesto de trabajo en estos sectores tradicionales de la economía regional. Por ello dejan sus estudios y buscan un trabajo que pueden encontrar con relativa facilidad, pero que les va a condenar de por vida a los bajos salarios y a la precariedad. Sin olvidar que se trata de comunidades que suelen destinar menores partidas presupuestarias a sus sistemas educativos.

 

También tienen que ver en general las inversiones en los sistemas educativos. La masificación en las aulas por los recortes en educación y la imposibilidad las más de las veces de dar una atención personalizada a los alumnos llevan a que muchos de ellos, ante la disyuntiva, se decidan por no continuar una formación a la que no encuentran sentido. Una atención más cercana podría recuperar a muchos de ellos, pero es poco menos que imposible cuando un profesor de secundaria tiene que atender de media a más de 200 alumnos.

 

No podemos olvidar el aspecto social del problema. La sociedad española es curiosa: por un lado somos víctimas del síndrome de la “titulitis”, con un porcentaje de titulados universitarios muy superior al de nuestros vecinos; por otro el desinterés, cuando no el desprecio, de buena parte de nuestra población e incluso de nuestros gobernantes por las cuestiones educativas es palmario. En demasiadas ocasiones se ve la educación como un arma arrojadiza en política, o como una forma de adoctrinamiento, o como algo que no sirve para nada. Eso dice poco de nuestra sociedad, y sólo se cura con más educación, más formación, aunque muchas veces estamos ante la pescadilla que se muerde la cola.

 

Podríamos hablar también de una cuestión metodológica, de una forma de educar que está alejada de la realidad de nuestros jóvenes. Adaptar el sistema educativo a esta nueva realidad debería ser tarea primordial para el país y los docentes, pero poco les importa a las autoridades este desfase. Más bien al contrario, aunque las palabras sean rimbombantes los hechos lo son mucho menos, cuando no se toman medidas que suponen una auténtica marcha atrás hacia tiempos pretéritos, como es el caso de la actual ley de educación.

 

Hace unos años, cuando la economía marchaba a todo tren (eso sí, hacia el precipicio) muchísimos jóvenes dejaban el instituto al cumplir los 16 años y se enrolaban como aprendices en el pujante sector de la construcción. Lamentablemente muchos, muchísimos de ellos en nuestra Región, lo hacían con la aquiescencia, cuando no con el apoyo decidido, de sus familias. Después, durante la crisis, la mayor parte de esos jóvenes se encontraron en paro y sin titulación, por lo que volvieron a los institutos o a las escuelas de adultos a retomar la formación que en su día dejaron. Encontraron allí a sus antiguos profesores y profesoras, los mismos de los que se despidieron en su día diciéndoles que iban a ganar más que ellos y sin estudiar. Y los mismos que, gracias a su formación y titulación, siguieron trabajando en los tiempos de crisis mientras que sus antiguos alumnos caían en las garras del paro y la crisis. Y los mismos que ahora se encargan de finalizar esa formación inacabada.

 

Insisto: no se trata sólo de una cuestión económica, de acceso a un mercado de trabajo de día en día más competitivo. Es también una cuestión de madurez, de alcanzar la plenitud como individuo, como mujer u hombre conscientes y responsables, que es al menos en teoría el principal objetivo de la educación. Y nada de ello se puede conseguir cuando una sociedad se permite el lujo de que sus jóvenes, o al menos buena parte de ellos, no adquieran la educación y la formación que necesitan no sólo para encontrar un buen trabajo, sino sobre todo para ser mejores personas y ciudadanos. Y de todo ello tenemos mucha necesidad en la Región de Murcia: de profesionales formados, de buenas personas y de buenos ciudadanos.

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