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Sabado, 16 de Diciembre del 2017
Sábado, 25 Noviembre 2017

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Un paseo con vistas por el pueblo de Cieza (Paisaje para la desolación)

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

La ley de Murphy a la que hacía referencia en uno de mis artículos recientes para subrayar la mala suerte que parece acompañarme en los últimos y penúltimos penosísimos tiempos, mostraba de nuevo su torvo y siniestro semblante en mi vida a mediodía del sábado, 11 de Noviembre, cuando a la altura de la ridícula rotonda habilitada a la salida de Cieza por la zona centro, junto al nuevo edificio de los Juzgados, un ya bastante vetusto y cochambroso todo terreno arruinaba la parte trasera del flamante Renault mégane automático que acabamos de comprarnos y del que apenas llevamos tres o cuatro cuotas pagadas y otros tantos pocos meses disfrutados.

Encima, de las circunstancias del accidente se derivaba que la culpa era nuestra. ¡Toma ya, ley de Murphy! Puerta y aleta trasera izquierda y paragolpes trasero. Bueno, sólo daños materiales. Tampoco para echarse a llorar. Y no hemos llorado por eso, no.

 

El lunes, 21 de Noviembre, llevé el coche a la Renault para que procedieran a arreglarlo. La vuelta la hice a pie en compañía de mi hija Patricia, que de un tiempo a esta parte se ha vuelto compañera de caminatas junto a Pedro Luis Almela, al que de vez en cuando doy suelta y permiso para que acometa en solitario empresas senderistas que, por el momento, en proceso como estoy de recuperación, prudencia dice que no están a mi alcance. Decidimos que ese día fuera un recorrido urbano, de manera que nos venía bien desde el edificio de la Renault hacia el pueblo. Era un ameno e instructivo itinerario, con puntos para la nostalgia. Primera parada, ermita del Santísimo Cristo del Consuelo, señor de Cieza, ambiguo señor de dos caras: príncipe del vergel-oasis en su mirada hacia la vega, señor del páramo cruel en su parte trasera, aledaña a la nacional 301. Muy cercana a la ermita, la fábrica fantasma de Hilaturas Egea, antaño en la avanzadilla tecnológica, siempre hermética y misteriosa y que actualmente se presenta aún en internet como fábrica de cordelería para la industria cárnica-cuerda para jamones en algodón-sisal-rafia-yute e hilos de algodón y nylon para máquinas, pero que yo sigo sin saber si está cerrada o sigue en explotación, de tan híspida y huraña como se ofrece al exterior.

 

Giramos después a la izquierda y subimos por la cuesta de la Estación del ferrocarril, otra instalación fantasma a la que se llega a través de un paisaje urbano igualmente fantasmal, donde predominan los negocios que pasaron a mejor vida y las puertas cerradas, que sigue hoy como hace cuarenta o cincuenta años, prácticamente sin vida, sin actividad, lo mismo que la propia estación del ferrocarril, cerrada a cal y canto, con el enhiesto vigía de la solitaria chimenea industrial de ladrillo, bien de interés cultural por definición, que por ley hay que conservar. Para acceder a los andenes de la estación hay que hacerlo por la zona de los antiguos muelles de carga y descarga, abandonados también porque el transporte de mercancías por ferrocarril, al menos en esta parte de España, es casi inexistente, como el propio ferrocarril. En el andén, cinco o seis personas, la mayor parte empleados del gremio de los ferrocarriles. Entre ellas, el hermoso y noble mocetónVilla, al que conozco, empleado de ADIF, el gestor de infraestructuras ferroviarias, hijo del Villa que fuera íntimo amigo de mi padre, a quien saludé con ganas porque siempre lo he apreciado y hacía mucho que no lo veía. Él fue quien nos dijo con cierto deje resignado que el tren Altaria Cartagena-Madrid llegaría con retraso y que la estación no tenía más actividad que los dos trenes Altaria diarios y poco más y que ahora estaba procediéndose a cambiar las vías. Por él supe también que el amigo de mi padre había muerto hacía unos años. Mirando en derredor, vinieron de nuevo a mi memoria los versos de Quevedo “Miré los muros de la patria mía,/ si un tiempo fuertes ya desmoronados/ de la carrera de la edad cansados/ Entré en mi casa: vi que, amancillada, de antigua habitación era despojos/ Vencida de la edad sentí mi espada/ y no hallé cosa en que poner los ojos/ que no fuese recuerdo de la muerte”/

 

Salimos de la estación con ganas de reencontrarnos con el sol, porque además hacía bastante frío, y con esa intención desanduvimos la cuesta en dirección a la Gran Vía…Mercadona, Bar Lagarto, Farmacia, División 3 Servicios Informáticos, Hogar del Pensionista, el Parque Municipal, Bar Gran Vía, Electrodomésticos el Rubio, la casa de mi suegra (cerrada), el monumento a Toledo Puche en Plaza de las Cortes Españolas, y el imperio del juego de azar representado por un gran salón de juegos en el edificio del antiguo café Teatro Borrás y por tres o cuatro vendedores ambulantes con sus mesitas de tijera donde apalancar su oferta de numeritos locos de la azarosa y voltaria fortuna en la que tantos ilusos fundamentan su esperanza de una improbable vida mejor. Rotonda “islámica” del Olimpia o del Bar Óscar, con sus impertérritos e impenitentes mirones y , por fin, el paseo Ribereño, junto al puente del Argaz, donde nos aguarda una joven madre con su simpatiquísima hija, Triana, de apenas quince meses, que lanza ramitas al exiguo río de invierno, y se vuelve para sonreírnos encantadoramente y hacernos ver en sus ojos que un futuro, mejor, aún es posible. Gracias, bonita…

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