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Domingo, 25 de Octubre del 2020
Sábado, 10 Octubre 2020

Futuro incierto (y probablemente imperfecto)

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

El futuro no existe, sobre todo porque aún no ha llegado. Eso han dicho siempre quienes juegan con el significado de las palabras. Pero el futuro, no lo dudéis, llegará, convertido en presente. Y lo disfrutaremos o lo sufriremos.

La cuestión es: ¿qué futuro nos espera? Podemos ser positivos, optimistas, y ver nuestro futuro de color de rosa. Podemos ser negativos, pesimistas, y verlo negro zaíno. Y podemos asumir una postura intermedia entre los dos extremos. Pero deberíamos, ante todo, ser realistas, analizar el presente, incluso el pasado, para perfilar (nunca adivinar) el futuro.

 

Personalmente soy de los que adopta el pesimismo como postura ante el futuro. Y lo hago básicamente porque mi experiencia personal, tanto vital como social, no me aconsejan otra cosa. Pero en esta ocasión son tantos los datos preocupantes que tenemos a nuestro alrededor que esta actitud se refuerza considerablemente.

 

Que nuestro mundo es cada día más inestable y más injusto, no lo duda nadie. Que los ricos son cada día más ricos y los pobres más pobres no lo duda tampoco nadie: ni los ricos ni los pobres. Que muchas de las grandes potencias, con sus correspondientes arsenales nucleares y de todo tipo, están en manos de auténticos pirados que deberían estar encerrados en una cárcel o en un psiquiátrico, es algo absolutamente real. Que la economía mundial funciona a tirones, con periodos de crecimiento y otros de hundimiento en ciclos cada vez más cortos, es una realidad incontestable. Que hemos convertido nuestro planeta en un estercolero en el que pronto resultará difícil no ya vivir, sino sobrevivir, salta a la vista.

 

Y para mas inri está esta pequeña pandemia que nos ha tocado vivir. Tras meses encerrados aplaudiendo siempre a las ocho, al menos aquí en España, nos las prometíamos muy felices con la desescalada y la nueva normalidad. Tanto que se nos olvidó todo por lo que habíamos pasado en las semanas anteriores. Y vimos como la hipotética y anunciada segunda oleada de la Covid-19, esa que todos negaban que fuera a llegar pero en la que ahora estamos inmersos, se convertía en una ominosa realidad.

 

Así que, al menos yo (y seguro que mucha más gente, aquí y fuera también) pensé: si es que nosotros, los españoles, somos así. Muy buena gente, pero indisciplinados y poco cumplidores de las normas, aunque se hayan escrito para salvarnos la vida. Con este pensamiento, aderezado con las trifulcas políticas y la ineptitud de muchos de nuestros mandamases, me explicaba yo a mí mismo lo que nos pasaba en este país nuestro. Pero me equivocaba. Y no para bien.

 

Porque en poco tiempo la pandemia está rebrotando con fuerza inusitada por toda la geografía mundial. Y los datos son preocupantes. Países en los que la situación parecía controlada, como los de Europa Occidental, están confinando ciudades y hasta regiones enteras a un ritmo que no se conocía desde el gran confinamiento de la pasada primavera. Enzarzados como estamos en España en luchas intestinas suicidas, nos quedamos sorprendidos al ver como nuestros socios y vecinos corren a poner barricadas sanitarias ante el nuevo avance de la pandemia. Y no solo ellos. Lo mismo ocurre en otros lugares, como la avanzada América del Norte y la menos rica América del Sur. Por todas partes renace la Covid-19 y por todos lados se toman nuevas medidas de aislamiento y profilaxis para intentar detenerla. Con resultados por el momento bastante decepcionantes.

 

Porque me da la impresión de que la vuelta de la enfermedad tiene demasiado que ver, además de con la incompetencia de muchos de los políticos que gobiernan el mundo, con la irresponsabilidad y la laxitud de buena parte de la población de nuestro planeta. Creo que no estuvimos confinados el tiempo suficiente. Creo que dimos por amortizada la pandemia demasiado pronto. Creo que confundimos la nueva normalidad con la vieja normalidad, que no actuamos con la suficiente precaución. Creo que los anuncios de la llegada de una vacuna en unos meses nos indujeron a pensar, en nuestro desconocimiento de la ciencia médica y epidemiológica, que con ella acababa todo, cuando tardaremos años en extender la inmunidad de forma suficiente. Creo que, en definitiva, no lo hemos hecho bien.

 

Y para rematar la faena están las catastróficas consecuencias económicas de la pandemia. Tras el primer confinamiento la economía estaba por los suelos y, al menos en mi opinión, se intentó volver a la normalidad con rapidez para estimularla, para lograr un rápido rebote de la actividad económica. Demasiado pronto tal vez, porque dado que la enfermedad está volviendo por sus fueros nuevos confinamientos, aunque sean parciales, crecen como setas por toda la geografía mundial. Y junto a ellos llegan también los derrumbes económicos y el alejamiento de la posibilidad de una recuperación inmediata. Es decir, que a la pandemia de Covid-19 debemos sumar una profunda crisis económica de la que tardaremos, me temo, mucho en salir. A no ser que se tomen medidas nuevas e imaginativas alejadas de la ortodoxia neoliberal, el futuro económico en los próximos años será tan negro como el sanitario.

 

Como veis las cosas no están bien. Y peor que se pueden poner. ¿Sería posible cambiar la tendencia? Rotundamente sí. Pero como para ello habría que cambiar también la estructura misma de las relaciones y de los poderes mundiales y nacionales, me temo que no va a ser posible.

 

Vamos, que estoy seguro de que no. Aunque ojalá me equivoque.

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